Por dos veces consecutivas el prófugo Puigdemont ha representado esa figura que los catalanes, siguiendo una vieja tradición, colocan en el belén navideño arguyendo que reporta suerte para el siguiente año.La excepción a esta regla se cumplirá el próximo año tras la fuga de empresas y lo que es casi peor la huida de ilusiones provocada por un fantoche al que la entrepierna, por dos veces, se le ha llenado de inmundicia. Bastó que tras el anuncio de convocar elecciones unos cientos de jóvenes radicales lo tildaran de traidor para que, presionado por sus malas compañías, defecara por primera vez. La segunda pocos días después cuando aplicando el popular dicho” para pulgas las que yo me dejo” en cobarde huida cruzó la frontera física y lo que es peor la frontera entre lo que debe ser un político decente y otro que abandona sus responsabilidades. Abandonar a su suerte a los que te encumbraron es el mayor delito de un hombre público. Si además lo haces de forma esperpéntica es el mayor de los ridículos. El pueblo catalán, que a lo largo de siglos fue honrado serio y trabajador, no merece estar gobernado por el capricho de lunáticos que al primer aviso saltan la barrera. Las nuevas elecciones deberían cuando menos cambiar el rumbo de una nave que se desangra a la deriva.