En la vida pública española hubo un tiempo en que cayeron en desuso dos verbos: dimitir y regenerar. Otro está en auge: Aparentar. O lo que es lo mismo, el intento a cualquier precio de parecer lo que no se es. Debe ser como un complejo que se aposenta en mediocres que necesitan inflar su perfil académico para mostrarse ante el pueblo como personas de alta cualificación. Y en esa chapuza vergonzante ha caído la Cifuentes como antes lo hicieron otros de distintas formaciones y que por ser escasa su notoriedad todavía no se han unido a la lista de próceres de los que se tiene certeza de haber usado tan artera forma de engordar sus expedientes. Paradójico resulta que el tal Franco hostigador de Cifuentes en la Asamblea de Madrid haya tenido que borrar de su currículum una licenciatura en Matemáticas que no poseía. Esto viene a demostrar que también en un estamento como la Universidad se ha instalado el amiguismo, el pago de favores y el deseo de estar a bien con el poder para lo cual no se repara en falsear actas, imitar firmas y aducir que la tal señora cursó sus estudios con altas calificaciones sin acudir a clase ni presentar su trabajo final.