No conozco a nadie que no presuma de esta cualidad, pero no son frecuentes las ocasiones en que esta puede ser claramente reconocible y mucho menos exhibida durante meses de forma callada y sin estridencias. La Real Academia la define como “gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse” aunque debería hablar, también, de humildad y aceptación, de lucha y voluntad. Imagino que no son demasiadas las ocasiones en las que la vida nos pone ante pruebas de una exigencia tal que solo la versión más noble de la dignidad tiene cabida. Afrontar un cáncer terminal y transitar por tus últimos meses de vida es una de esas ocasiones. Tan solo el iluso intento de empatizar con una situación así hace que el alma se estremezca imaginando escenas de negación de la realidad, de pánico sostenido o de desconsuelo atroz. Pero hay personas que ante semejante guion muestran la mejor actuación de su vida, una actuación alejada de la oscuridad y la pesadumbre donde ellas son foco de alegría y serenidad, donde un sufrimiento inimaginable es tapado por una sosegada sonrisa y una débil mano templa el desaliento de los afligidos familiares.

No son días fáciles para transitar entre recuerdos y saudades, pero siempre es bueno acumular enseñanzas de vida cuando estas se dan con el propio ejemplo, ejemplo que te cala hasta los huesos cuando lo muestran familiares con los que te has criado, a los que siempre reconociste su personalidad, cariño y coraje, pero que guardaban su mejor regalo para el final en una paradoja de generosa vitalidad justo cuando la salud los abandonaba. La nostalgia de los recuerdos vividos durante tantos años se entremezcla con las escenas de dolor sufridas hace unos días y la sensación de que una parte de la propia infancia y juventud quedan definitivamente atrás, pero con la certeza de que la lección de arrojo y serena valentía, cuando la vida te tiene contra las cuerdas, también permanecerá. Descanse en paz Juana Rodríguez Nóvez, mi tía.