Querido diario: Hoy primaveral domingo en las edénicas tierras de Jaén, aún disfrutando del efusivo despliegue de cromatismos con que nos brinda la naturaleza, a pesar de la jacarandosa sinfonía que nos ofrecen las aves canoras, me siento un gran capullo, no como la cápsula sedosa donde se cuaja la crisálida, tampoco como el prometedor anuncio de una bella flor, nada semejante al botón que conformará una rosa, sino que mucho más cercano al botón sin ojal que canta Sabina; muy próximo al remilgado capullito de alhelí, es decir, capullo en el sentido más infausto de la palabra, capullo como ser algo tontico, algo ingenuo, algo molesto.

Sé o adivino, para mi pesar, que muchos aplaudirán esta sincera autodefinición, pero me consuelo pensando ante el espejo del alma mía, que el raciocinio rancio y encapullado que atesoro surge por mimetismo, por contacto, como regalo desenfadado de los prójimos que gozan de inteligencia con iluminación de candelabro, de los semejantes vivíparos que viven opíparamente y únicamente en su unicidad; un don heredado de todos aquellos congéneres que se anuncian en un buzón y viven de pescozón, un maravilloso presente que me ofrecen todos los dioses, con todas sus religiones y con todos sus sacerdotes, monjes y rezadores de ortodoxias, que nos acompañan compasivamente hasta el sitio de sus guerras, que con sus divinos “gepeeses” nos orientan con desenvuelta generosidad por aquellos caminos más ásperos, intrincados y oscuros para culminar con éxito el tránsito de la vida a la muerte.

Yo no soy “capulleiro”, yo no soy “capulleiro”, pero por ti seré, seré; y bamba, la bamba, la bamba. Escucha, estimado diario: Juro por estos pellejos que te están escribiendo que lo he intentado casi todo para paliar esta astenia de primavera. Estoy leyendo con inusitada devoción libros de autoayuda, me he incorporado con abierta animosidad a un estimulante grupo de personas que practican en paquete semanal la meditación, el yoga y el tai chi. Me procuro, día sí, día no, abluciones purificadoras en la encrucijada sexual con agua vaporosa de sándalo. Asisto, con cierta frecuencia y para descargar adrenalina, a todas las reuniones de vecinos que se convocan en la calle donde vivo. He presentado mis poesías en algunos juegos florales de la provincia. Me he incorporado a un club de pádel y, hasta me he hecho socio del Real Jaén. Estoy en franca regeneración, pero no acabo de salir del capullo. Temo lo mejor, lo mismo tengo la Xylella fastidiosa.

¡Ay, la primavera qué la sangre altera!, qué hermoso y alentador ripio. ¡Las muchachas en flor y el zagalón en capullo! Qué himno tan vibrante y elocuente. Mi diario y yo nos vamos al Rocío a ver si..., a ver si nos enderezamos.