En esta época en que todo el mundo da su opinión sobre cualquier cosa, incluso si no le preguntan, una ciudadana británica de 81 años ha hecho reír a muchos lectores con sus quejas a la agencia de viajes con la que contrató sus vacaciones en Benidorm, porque en el hotel donde se hospedaba había “demasiados españoles”. En el Reino Unido hay una sensación extraña, con el Brexit como disparadero, su reputada cámara de los Lores, sus reglas no escritas de derecho consuetudinario durante siglos, su lluvia, su puritanismo y su liberalismo, su espléndido aislamiento y su mentalidad colonialista, vayan a donde vayan. Hasta el sol les pertenece, que es lo que más echan de menos, da igual que el astro rey salga por Antequera, porque también lo reclamarán o anexionarán con su flema natural, impasible y eficiente. Me refiero a un sol que esté cerca como este, más o menos a dos horas de avión y con precios accesibles. Hace pocos meses, además, se publicó un artículo humorístico —de humor inglés, es decir, negro a lo Mr. Bean— titulado “Cómo ser español”, en el que se afirmaba que los españoles son sucios, gritones y maleducados, características resumidas que se podrían trasladar a la mayoría de los países de Occidente, incluidos los británicos... Claro, se me dirá que todo esto, sin duda, no hace más que tirar de tópico, y que las generalizaciones y esencializaciones son falaces por definición. No digo que sí ni que no. Pero si hay demasiados españoles en Benidorm o Fuengirola, y tal como se demanda, se deberían ir a otra parte, ¿queda algún lugar para establecerse? Cuando yo vivía en Inglaterra, hace casi veinte años, subían los autobuses cargados de enfermeras españolas para trabajar en la pérfida Albión, porque allí no formaban suficientes profesionales. Ahora, sin embargo, bajemos no como turistas a Marruecos, empujados por el estupor de esta gentil pensionista. Desde el país vecino —y desconocido— se inunda el mar con pateras y las mafias hacen su agosto, ensangrentando las alambradas y las concertinas, en busca siempre, eso sí, del cuerno de la abundancia de la sociedad de consumo. Que se haga el camino inverso. En el antiguo Imperio Romano, las fronteras se iban expandiendo cada vez más lejos, creando zonas de tierra de nadie con las que salvaguardar el corazón del sistema, por lo que hay que proteger la frontera no en España, sino en Marruecos, filtrando de algún modo más efectivo lo que luego acabará colándose por las costas andaluzas. Medidas que palian, pero que no convencen, porque la crisis humanitaria de la migración se presenta como un fenómeno mucho más complejo y preocupante que la demagogia que exhiben Ciudadanos o PP, tanto monta, monta tanto, Rivera como Casado. Si me preguntan, yo no tengo la solución al problema, pero sí la certeza de que no podemos discriminar por la piel, la extracción social, el pasaporte, etc. Los países que acogen e integran a los inmigrantes, son más prósperos que los que no se mezclan. El futuro no tiene fronteras, no es puro y hace falta un cambio de sensibilidad al margen del egoísmo y el individualismo, el populismo, la xenofobia y la cerrazón. No olvidemos que el liberalismo, como filosofía, es humanismo y apertura hacia los valores universales del hombre, aunque ya sabemos que todas sus buenas intenciones fallan al aplicarlo a una economía sin regulación.