Ahora es tiempo de vacaciones y la vida cambia en los pueblos tanto del interior como de la costa. En los primeros, caso de nuestra tierra, apenas se nota el éxodo de aquellos que se van a la playa dejando vacías calles y plazas porque por estas fechas también suelen volver cargados de añoranza muchos de los que emigraron en los tiempos difíciles, con la ilusión de ver a la familia, relatar a todos lo bien que les va en su nueva tierra y pasar unos días tranquilos y alegres disfrutando de las fiestas, las costumbres perdidas aunque no olvidadas y la forzada hospitalidad de sus parientes más cercanos, que a partir del segundo día cansados ya de escuchar grandezas impostadas suelen contar las horas que faltan para despedir a tan encantadores huéspedes, que les echan en cara que aquí se trabaja poco, se vive muy bien y se cobra el paro obrero sin motivo alguno que lo justifique mientras que allí arriba se trabaja duro para pagar impuestos y mantenernos, por lo que ellos ya se sienten más de allí que de aquí. Dura es la vida de esos insignes ‘limpiacorrales’, oriundos de zonas pobres, que hubieron de emigrar y fueron recriados en los alrededores del Bajo Llobregat, que no dejan pollo ni conejo con cabeza en su breve pero siempre engorrosa visita veraniega. Algún día tendremos ocasión de analizar en detalle la denostada figura del ‘limpiacorrales’ llamado así porque cuando por fin se va deja exhausta la despensa, el corral e incluso el bolsillo del obligado anfitrión que suele ser algún primo lejano que se quedó en el pueblo apegado a la tierra que le vio nacer, y entiéndase primo en cualquiera de las acepciones que el lector tenga a bien aplicar. Pero hoy teníamos intención de hablar de lo bien que lo pasan y lo mucho que disfrutan aquellos que tienen la suerte de poder hacer los bártulos y pasar unos días de asueto junto a las olas del mar, sentados en la hamaca sobre la ardiente arena, viendo como los niños juegan y se regocijan haciendo castillos que acaba arrasando la marea, mientras los padres se tuestan como cangrejos mal cocidos y los abuelos vigilan para que no se les escape ninguno más allá de donde puedan estar seguros, en esas playas atascadas de cuerpos apiñados y gritos de mercadillo, plagadas de jaimas, nubes de sombrillas y neveras portátiles atascadas de bocadillos variados, tortillas de patata, filetes empanados grasientos, latas de cerveza y botellas de sangría, playas populares a los que algunos mal informados llaman playas de melón y sandía. Delicia carpetovetónica en estado puro que sugiero disfrutar a tope cada año, al menos una vez en el mes de agosto a ser posible, cuando las cansinas chicharras campan por los olivos sedientos, las carreteras chorrean alquitrán y las medusas merodean al acecho, meciéndose al compás de las olas entre dos aguas, esas viscosas criaturas que son el terror de los bañistas y que a veces quedan varadas sobre la arena por si alguien se descuida y quiere probar su delicioso picor pisando de forma inadvertida. Cuanto placer causa no obstante, encontrar a los siempre ruidosos amigos que se conocen de venir todos los años, los unos de Zamora, los otros de Badajoz y los más de Madrid y alrededores, y después de darse un abrazo de bienvenida, constatar lo mucho que han crecido los niños, lo bien que sigue estando la abuela, y sentir la inmensa alegría de volver una vez más al chiringuito para degustar la pastosa paella de marisco que tango gusta por estos lares, acompañada de una dudosa ensalada, espetos y algo de pescado frito para ponerse a tono y poder trasegar cerveza bien fresquita. Sí, el verano es tiempo para disfrutar de todo eso a la orilla del mar, filosofando sobre los graves problemas que siempre ha sufrido este país que no tiene arreglo aunque parece mentira lo bien que nos va y eso que tenemos un gobierno que ni gobierna ni hace nada, pero a ver quién es el guapo que se atreve a mover un dedo y cambiar algo para mejorar, ya se sabe que aquí estamos dos días y lo más conveniente es disfrutar y pasarlo bien que la vida es corta y bastante tenemos con salir adelante y volver cada año a pasar las vacaciones lo mejor que se pueda y recargar pilas confraternizando con los viejos colegas para luego volver a la cruda realidad.