Andábamos disfrutando estos días con esas “buenas historias” de nuestro pasado más reciente, puestas y expuestas por Diario JAÉN al aire libre y fresco de la Calle Bernabé Soriano, cuando en las páginas de actualidad aparecían noticias tan interesantes como la inclusión de Segura de la Sierra entre los pueblos con más encanto de España o la inauguración del Museo Íbero en la capital. Y cuando pasan cosas buenas gusta contarlas y cantarlas. Por llegar, ha llegado hasta el agua para regar un poco la reseca economía provincial. Así que, a quien tenga que ver en estas cosas, felicidades. A los que, como Pilar Palazón, creyeron, apostaron y lucharon por el Museo, enhorabuena, y a seguir en la faena, que está pendiente de rematar. Lo de que Segura tiene encanto, ya lo sabíamos desde hace muchos años, y así figuraba inscrito junto al arco de la Puerta Nueva con una breve y expresiva leyenda que inexplicablemente desapareció: “Segura de la Sierra, historia, paisaje y sosiego”. No se puede decir mejor. Pero en cualquier caso no es lo mismo saberlo nosotros que lo sepan, lo cataloguen y lo cuenten otros más allá de nuestros horizontes. Por eso, también hay que felicitar a los segureños que mantienen limpia y viva la más noble de las villas.

No pasa nada por mirarnos unos días bien a nosotros mismos aprovechando el aire fresco y amigable de la Navidad, y hace bien el señor Jota, otrora enfadado, en sacar pecho desde las páginas de este diario, mostrándose orgulloso de recuperar nuestra memoria colectiva, sabiendo que son los recuerdos compartidos en sociedad los que construyen la verdadera historia, esa “intrahistoria unamuniana” que se mueve por corrientes más o menos cálidas bajo la tensa superficie de las grandes noticias y acontecimientos nacionales que todo lo empañan y, a veces, emponzoñan. Ni tampoco pasa nada, más bien es de agradecer, que la sociedad jiennense quiera salir a la calle para decir alto y fuerte que “Jaén merece más”, entre otras cosas porque es verdad.

Las personas y los pueblos tenemos que creernos los valores que tengamos y transmitir a todos que estamos orgullosos de ellos. La autoestima hay que mostrarla aunque solo sea para que nos respeten los demás. “¡Date importansia, torero!”. Sí, pero hay que hacerlo cuando lo que se ha hecho y la forma de hacerlo la tiene. Que en demasiadas ocasiones se saca pecho antes de tiempo o fuera de lugar. No vale, por tanto, —aunque quede bonito y muchos lo aplaudan—, torear de salón o andar marcando “posturitas” mirando a los tendidos si lo que se ha hecho carece de autenticidad. La grandeza de un torero debe medirse en función del toro que tiene delante, y la gente de estos reinos, desde hace miles de años, ha tenido que lidiar con graves dificultades. Puede decirse que “en peores plazas hemos toreao”. Distinguir lo que es importante de lo que no lo es. Difícil tarea en una época en la que el marketing de la simulación no para de fabricar ilusiones falsas.

Dicen que los iberos tenían un carácter fuerte y eran valientes, luchadores e independientes. Eran, por tanto, poco gregarios y solo admitían jefes cuando era imprescindible, en caso de guerra o circunstancias especiales. Gente brava en la que nos podremos reconocer cuando entremos en el museo y decir junto al poeta Gabriel Celaya: “Soy un íbero, y si embiste la muerte, yo la toreo”.