Mi abuela Encarna, que era de pueblo, pero no era tonta —pese a la opinión que algunos urbanitas supremacistas siguen teniendo de la gente del medio rural—, cuando alguien cometía una insensatez solía decir de él “que no tenía luces”. Expresión análoga que el otro día le oí exclamar a mi contertulio el Caliche, desde su monumental cabreo de jubilado en apuros, cuando me comentaba su particular batalla contra la empresa distribuidora de la energía eléctrica, por la última factura de la luz que le habían cobrado. Es que tienen menos luces que el coche de un furtivo, exclamaba enderezándose con rabia la gorra para descargar los kilovatios de su acaloro.

Le explicaba que es que la compañía eléctrica había subido el recibo de la luz un 35 por ciento a pesar del contrasentido de que marzo y abril hayan sido unos meses con abundantes lluvias y vientos, y siendo la energía hidráulica y la eólica las más baratas. Oyéndolo, a uno se le venían encima todos los palos del sombrajo que protege los planteamientos sociales actuales, cuando a parte de la anecdótica paradoja de que sean precisamente los que nos venden la luz los que “menos lucen tienen”, no las tuvieran tampoco los que dejaron en manos privadas la propiedad de algunos sectores estratégicos del Estado: La energía y las comunicaciones, sobre todo. Los ciudadanos, el pueblo que es en quien reside la soberanía del Estado, cada vez más somos considerados por la maquinaria del liberalismo feroz que nos engendró la crisis, como unas meras ubres a las que se les puede ordeñar sin piedad e indefinidamente. A “revienta teta”, que diría mi contertulio el Caliche.

El nobel José Saramago estaba cargado de razón cuando decía que la democracia tal y como se interpreta hoy es una gran falacia, porque el mundo está en manos de los financieros, y a ellos no los elegimos en las urnas. Las cuentas claras y el chocolate espeso, es lo que reclama la gente, el pueblo, sobre todo cuando es quien paga el chocolate, aunque sea el del loro “iluminado”. Es el propio Saramago quien nos dejó dicho también que la alternativa al neoliberalismo que nos inunda se llama conciencia. Y precisamente la conciencia no es un sistema económico. No es la organización de los mercados. No es un nuevo régimen político. Es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo que no hay que tener es conciencia.

¿Con qué contamos nosotros para oponernos a un neoliberalismo sin conciencia? No ostentamos el poder, no estamos en el gobierno, no tenemos multinacionales, no controlamos las finanzas especulativas de los mercados mundiales, no tenemos nada de eso. ¿Qué es lo que tenemos entonces para oponernos? Nada más que la conciencia.

La conciencia no se gana un día y ya la tienes hasta que te mueres. Se gana y se pierde y se renueva todos los días, seguía razonando Saramago. Se cumple en estos días el cincuentenario del llamado Mayo del 68 francés, cuando un 10 de mayo de 1968 decenas de miles de estudiantes parisinos acudieron a las barricadas del Barrio Latino. El 13 de mayo nueve millones de trabajadores franceses se unen a los estudiantes y tomando conciencia inician una huelga general que culminó poniendo patas arriba los cimientos de la República.

Mayo es un mes en el que proliferan las banderas: El uno de mayo los sindicalistas tremolan sus banderas rojas. Los prebostes de las cofradías romeras tremolan sus banderas multicolores, y los hinchas y forofos del fútbol airean las banderas de sus fanatismos.

¡Si el Caliche supiera que hoy muchas de aquellas banderas arrastran sus pespuntes de nostalgia por las moquetas de los despachos oficiales de Bruselas! Con razón se me queja, entre trago y trago, de que cada año que pasa las banderas de los sindicatos van siendo menos rojas; que cada mayo que pasa las banderas de las romerías van siendo más laicas, y que cada vez hay menos hombros en las tabernas a los que agarrarse para cantarle por lo “bajini” a las orejas del alma desde la conciencia.