Tal vez sea hipócrita criticar lo ostentoso de la casta para luego caer en lo mismo, pero debemos tener claro que no es ningún delito. Pablo Iglesias puede haber decepcionado a una cierta parte de los que creían en él con este gesto, pero no ha cometido ningún crimen por hacer con su dinero exactamente lo que quiere, como hacemos todos. Tal vez ahí está la frustración. Podemos entender que ya no es el mismo que desea seguir siendo un ciudadano común, pues ahora se enfrenta al acoso mediático. ¿Pero por qué quiere una casa del tamaño de un palacio? A saber. Pero puesto que ha ganado de forma honrada y legal el dinero para poder comprarla —o más bien, para poder hipotecarse—, es absurdo que esta noticia lleve cerca de una semana siendo lo más comentado en la prensa de nuestro país, como si fuera más relevante que los escándalos de corrupción con los que el resto de partidos nos sorprenden cada mañana al despertar. Lo importante aquí es que serán sus propios votantes quienes decidan si Iglesias debe seguir representándolos. Por lo que todo lo demás, sobra.