Si tuviera que dar una definición del posmodernismo, contaría cómo el compositor David Tudor compuso una obra en tres actos, en la cual permanecía en silencio junto a un piano durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. El auditorio del Maverick Concert Hall se mostró dividido ante lo que se definiría como una genialidad, una composición que dependía de la música que rodea al artista. Sin embargo, más que una invención vanguardista, es la muestra de que el maniqueísmo ha muerto. Ya no existen dualidades, nada es bueno o malo debido a que ninguna idea es necesariamente mejor que otra. Nuestra sociedad ha prescindido de los grandes relatos en los que la ejecución de la idea le daba sentido a esta. Ya no miramos al pasado o al futuro, nos miramos a nosotros y negamos poder aprender de los errores de una época que no nos pertenece. Como consecuencia tenemos una juventud alienada que no construye sino que consume, que antes de componer una obra prefiere explicar al mundo qué es una obra. La identidad de la persona le atribuye responsabilidad y, si en lugar de definirnos, preferimos culpar a otro, mejor será (cómo no) guardar silencio.