Juan Fernández, entiéndase el símil, es hoy un Putin en la estepa linarense. Como cuando el ruso está en maniobras de supervivencia, pescando, cazando, con un cuchillo en la boca y marcando tableta. El alcalde de Linares sobrevive, de momento, parapetado en un cuerpo reducidísimo de fieles y aguarda como soldado de fortuna cerrar su última gran misión. Logró juntar a Ciudadanos Libres y Unidos (Cilus), al Partido Popular y a un puñado de ediles no adscritos de IU y ex peperos, un “remojón”, una pipirrana sin cariño, con lo que va quedando en la nevera. Frío, frío. No hay manera de sazonar eso. El líder del PP andaluz, Moreno Bonilla, que intenta coger fondo para lo que viene (ayer hizo sudar a Casado a chorros) pasó por el real de la feria linarense para vender pipas, chicles y garrapiñadas políticas y, claro está, para bendecir este plato combinado por aquello de la gobernabilidad y el compromiso con la ciudad. Es natural, ya se sabe que en días de jarana se come uno, con perdón, cualquier cosa que le pongan a la plancha, aunque esté achicharrada.

El archienemigo del socialismo jiennense, está desdoblado en un Fernández y Fernández, lo mismo te lo encuentras con parte del PP cerrando acuerdos y comisiones, de gobierno, con pasodobles de fondo en una caseta — mientras reparte besos y abrazos en el día del mayor— que, al mismo tiempo, en la noria, es un decir, enseñándole las vistas a unos Ciudadanos que no saben si parar la atracción o flirtear para que le pasen la mano por el hombro, furtivas atracciones de feria. Fernández no da tregua y en el albero, entre barraca y barraca, anda vendiendo las bondades de un gobierno multicolor.

Como aquellos charlatanes del viejo oeste que vendían sus crecepelos, a él le salva la oratoria y el tupé de su experiencia política, aunque el crédito se le agote por momentos. Tienes que estar muy calvo políticamente hablando para confiar en el crece pelo que oferta. La fórmula magistral es un gobierno de concentración en Linares que, en virtud de las necesidades de la ciudad, bien podría haberse hecho hace 20 años, pero que ahora, a la fuerza aprietan, “es lo mejor” para una ciudadanía que acepta pulpo como animal de compañía, mientras decide como cortar los cefalópodos en las próximas elecciones. Es el papel que se ha reservado en esta última obra, un alcalde que como buen superviviente con la anilla de una lata, como MacGyver, te monta un equipo de salvación linarense.

El mantra ahora es “arrimar el hombro” y de tanto repetirlo se ha hecho canción de verano, así se oye en las casetas de vino dulce y en la tómbola de la Feria de San Agustín. La pasión, no obstante, es impostada, los costaleros políticos de esta hermandad a la fuerza no creen en los milagros y son conscientes de que al único varón sin santidad que portan es al propio alcalde y a su sillón. Pero es cierto que a esta procesión pagana no le falta un detalle. Ni plañideras, mantillas, capataces y una buena banda. La secretaria de Formación y Nuevos Afiliados del PSOE, Ángeles Férriz, desde el balcón de la calle Hurtado en Jaén, canta una última saeta para pedir al altísimo que se quede en el monte del olvido, en su Calvario. Un cántico flamenco que no sirve de nada, pero que es como cantar en la ducha, te entona para el resto del día. Antes del desastre hubiera sido mejor cantarle las cuarenta. Férriz trajo a colación también lo del Gobierno Frankestein perpetrado por Fernández y tiene más razón que una “santa madonna”. Porque la criatura, aunque recién nacida, es difícil de ver y ella cita al PP para calificarla de engendro político. Aunque en “stricto sensu” uno de los primeros en acuñar el concepto fue el gran Rubalcaba que ante la posibilidad de un gobierno en coalición con el Podemos de Pablo Iglesias se le ocurrió imagen tan metafórica. Pero, ¿quién era Rubalcaba y el tal Fernández?