Durante el día de ayer el mar se hallaba más azul y calmado que nunca, la playa estaba a tope de gente, el chiringuito ofrecía escrito en una pizarrita espetos de sardinas preparados en una vetusta barca de madera rellena de arena, encima de las ascuas de carbón el asador colocaba las sardinas arracimadas atravesadas por una caña salvaje. Era un día más del mes de agosto. Pero... a media noche el mar viose sorprendido a “luna llena” por las turbulencias de las corrientes marinas, metamorfoseándose “ex abrupto” en una fiera indomable. Sus olas alcanzaban cotas de altura considerable y en buena lid competían entres ellas dibujando bucles de agua y arena. Tal era su fiereza y osadía que hurtaron a la playa su espacio. El rugir del mar y el silbar del viento parecía anunciar su particular Apocalipsis bíblica. Mas todo era un desequilibrio visual y sonoro maravilloso, un monumental espectáculo para los sentidos, una bella rebeldía. El chiringuito de la pequeña cala mantenía a duras penas el nivel sobre el mar. Las gotitas de agua de las poderosas olas bañaban livianamente los rostros de la gente de la terraza, sin embargo no les impedían acompañar a capela la juerga musical gitana. Todos ellos, una veintena entre adultos de ambos sexos y algunos zagalillos, vivían su cultura y su mundo tan diferente. Pues para los gitanos cantar es vivir, es arte, es puro sentimiento reivindicativo de una raza. El cantaor José “El francés” y su familia, a las órdenes del patriarca del clan, impartían fuera de cartel (una vez finalizada su actuación anunciada en el chiringuito) otro recital de cante flamenco: bulerías, tangos, soleas, tientos... en definitiva, el quejío de una familia gitana que me hacían creer que se trataba de un dulce sueño. “Vuelvo al sur”, sentida canción interpretada por una señora madura, no integrante del grupo, que de manera espontánea se unió a ellos, al parecer artista y amiga. Espectáculo maravilloso de música, de pasiones, de requiebros y poesía. Dardos que atravesaban los corazones, amores malditos, amantes de ensueño. Distancias irreales, barreras frustrantes, bella locura de amor. Joven mujer amada y amante. Camarera y princesa. Línea de gacela, gaviota del mar, mujer hiperactiva que se deslizaba entre la gente con descomunal habilidad. Joven bella mujer extranjera de pelo rubio, de ojos claros y penetrantes. Servidora de ginebra, vodka, ron, whisky, mojito... Bandeja de bebidas que portaba con la palma de su mano izquierda, entre un laberinto de mesas y personas, esa sensual mujer que los hombres concurrentes furtivamente deseaban. Mientras, los gitanos seguían cantando en la terraza del chiringuito a la luz de la luna, enfocados por farolillos de luces de neón, contemplando la rebelión contenida de las aguas del mar. Me hallaba muy feliz por la inesperada noche de las emociones, al fin y al cabo había llegado allí buscando espacios de relajación. El cóctel de verano que bebía tenía sabor afrodisíaco: el mar, los gitanos y la camarera. Volveré.