Pablo Casado tiene cierta semejanza física y de edad con Pedro Sánchez y Albert Rivera, y todos ellos se parecen algo al presidente francés Macron, porque representan el prototipo del líder político europeo moderno, pero entre unos y otros existen importantes diferencias ideológicas que los separan, pero un concepto —consciente o inconsciente— del dandismo político que los aproxima. Pedro Sánchez con las gafas de sol puestas mientras viaja en el avión presidencial tiene cierto toque de un Obama recubierto de casticismo madriles siglo XXI. Pablo Casado gasta trajes elegantes y como invisibles, parecidos a aquellos que los chicos del Preu sacaban en las películas de ‘Cine de Barrio’ para ir al examen final, aunque Pablo Casado no hizo el Preu, por supuesto, y muchos consideran que está por ver lo del máster.

Soraya Sáenz de Santamaría parecía decididamente segura de su triunfo en el congreso del PP celebrado el pasado fin de semana, porque su equipo percibía graves errores en la candidatura de Pablo Casado, como su cercanía al ex ministro José Manuel Soria, apartado en su día del Ejecutivo por mentir, o por el supuesto ideario del candidato cercano a la derecha/derecha, pero Soraya no percibió la atmósfera política existente en su partido, que conectaba con lo que hace muchos años la escritora y dramaturga Lourdes Ortiz le comentó a Francisco Umbral referiéndose a Felipe González

—“Mira Umbral, lo que queremos políticamente son estos, pero otros”.

En el PP querían estos, pero otros, y Soraya no lo captó a tiempo. De modo que se ha cumplido la maledicencia que aseguran que el ex ministro García Margayo ha contado a quienes han querido escucharlo: “Soraya ha pasado de ser ‘La Niña de Rajoy’ a ‘La Viuda de Rajoy”. Pablo Casado es la derecha ideológica de este país y Albert Rivera es la derecha financiera. Casado apuntará políticamente hacia Pedro Sánchez y tratará de convertir a Rivera y a Ciudadanos en fieles escuderos. De modo que Pedro Sánchez va a tener enfrente a Casado, a Rivera, a gran parte del arco parlamentario, y sobre todo al renacido Puigdemont, dueño absoluto del PDeCAT tras la asamblea del partido catalán celebrada el pasado fin de semana, y crecido por la resolución de los jueces alemanes que no aprecian —en contra de las tesis del juez Llanera— delito de rebelión en los actos de Puigdemont. Sánchez persigue el diálogo, pero Puigdemont, no. Puigdemont es un monologuista. Pero el monólogo supone la negación de la dialéctica, y la dialéctica es el estilo literario de la democracia.

De modo que ahí está Pablo Casado para rearmar ideológicamente a la derecha, ahora que Pedro Sánchez quiere exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos. Escribió el citadísimo Umbral: “Franco, aquel viejecito querulante y temulento que llevaba el parkinson bajo palio”. El tiovivo de España, ese tiovivo como el de la inolvidable película de José Luis Garci, gira ahora en la España eterna entre el ansia de la República catalana de unos y el “Franco, Franco” para siempre en el Valle de los Caídos de otros. Y a esa España llega Pablo Casado, joven y ambicioso, dejando involuntariamente viuda política, aquella vicepresidenta sabia que a veces paseaba con Rajoy por los jardines del palacio de La Moncloa, ajena a lo que escribió alguien hace muchos años: “El español siempre pasea con su viuda”.