En el otoño de 2017 el gobierno autónomo de Cataluña, tras un referéndum chapucero e ilegal, consiguió, con la pasividad del Gobierno de España —para evitar derramamiento de sangre dijeron— proclamar la República independiente de Catalonia. De entonces acá se han sucedido tres gobiernos, las grandes empresas y bancos se han trasladado a otras partes del territorio español. El paro ha aumentado al doble. El estado catalán no forma parte de la UE ni de otros organismos internacionales. Su moneda, el catadólar, ha sufrido tres devaluaciones. Mantiene relaciones diplomáticas con Cuba, Venezuela y Corea del Norte. Su producción industrial y comercial se ha reducido a menos de la mitad. Los líderes que propiciaron la escisión han sido descabalgados del Gobierno. Muchos de ellos se marcharon de Cataluña, no se sabe dónde, pero se sospecha con cuánto. El próximo 1 de octubre, nuevo referéndum que preguntará si desean retornar a España. El sí se presume abrumador. En Madrid gobierna con éxito el tripartito PP, PSOE, C’s.

Más allá de la ficción con la mediación de la Iglesia o del mismísimo diablo, dialoguen. África no puede volver a empezar en los Pirineos.