Hoy me he levantado con ganas de pasear, fuera el móvil y el “guasá”, por el casco histórico de esta ciudad, guarda y defendimiento de los reinos de Castilla, tres veces milenaria, más lo que te rondaré morena. Por aquí, aún se ven macetas de gitanillas o claveles rojos reventones, criados y mimados por delicadas manos femeninas. El sabor a lo antiguo me está sugiriendo hacerle un romance octosílabo rimando los versos impares, si es que las generosas musas llaman a la puerta de mi inspiración, que aunque no está el horno para bollos, bueno es acariciar las palabras para convertirlas en poesía. Por este dédalo callejero jaenés, tan antiguo como el Lucero del Alba soy feliz paseando, sin prisas ni agobios absorbentes, y toco con mis yemales la piedra, la cal, el adobe y la arena que hicieron posible la conformación de una ciudad atrayente, pero no puesta en valor, seguramente debido a que los responsables políticos no están por la labor, o no ven más allá de sus narices o de sus ombligos un signo preocupante de su evidente miopía. Lo repito, me gusta pasear por el Jaén antañón, al que quiero más que a las niñas de mis ojos.