Con aquella curiosidad y ánimos de cambio con la que mirábamos la Transición, los hijos de la posguerra jamás podríamos pensar que las expectativas de un país libre en igualdad con otros estados europeos iban a convertirse en lo que tenemos ahora: una España fraccionada en diecisiete taifas, tan diversas a golpe de esgrimir diferencias que es difícil reconocer la unidad, tan autónomas que el Estado se diluye impotente para intervenir en ellas, tan ensoberbecidas algunas de ellas que buscan desligarse llegando a la rebeldía. Unos gobiernos desnortados que buscan amparo en Europa para resolver problemas que deberían ser internos y ningún país hubiera consentido que se produjeran en su territorio, como el que en determinadas de estas autonomías se relegue el idioma oficial del Estado en la educación pública a un residual tercer lugar, por detrás o al nivel de un idioma extranjero; o se arrastran por Europa queriendo condecorar a policías extranjeros que no hicieron otra cosa que cumplir con su obligación.

Gobiernos incapaces de domeñar al monstruo que ellos mismos han creado, haciendo la vista gorda cuando algunas de esas taifas pasaban por encima de normas que parecían de menor calado, como las banderas u otros símbolos del Estado, o cediendo, en un intercambio indecente, competencias por el bastón de mando, y ahora esperan maniatados a que la justicia les saque las castañas del fuego. Y unos políticos y unos partidos que, si bien al principio hubieron de ceder y se esforzaron en el diálogo para lograr un espacio de convivencia, una vez sentados sus reales y tomado gusto al poder, han hecho de la política su único oficio y les cuesta la misma vida dimitir, se han convertido en casta y se revuelcan en el descrédito, en el clientelismo, y mienten y callan y se protegen, no vaya que alguien tire de la manta. Para observar la deriva, basta con echar un vistazo al vocabulario que se usaba entonces: Amnistía, libertad, democracia, autonomía, y al que suena ahora: Corrupción, prevaricación, malversación, rebelión y democracia, que todavía se sigue invocando; señal de que no se ha entendido o se usa de forma torticera. Esto no era, como decía Unamuno.