Ha sido este pasado fin de semana, cuando he tenido oportunidad de visualizar en una de las playas-destino preferidas por los jienenses, una escena ciertamente curiosa. No excesivamente lejos de la orilla, se pudieron avistar unos delfines que jugueteaban haciendo cabriolas en las frescas aguas de poniente, ya casi limpias de las temidas y molestas a partes iguales, medusas, que hacen del veraneo en la costa mediterránea un desafío para bañistas y un envite para hosteleros. La circunstancia a priori no parecía tener relevancia alguna, pues nuestras cercanas costas son paso obligado de estos simpáticos y familiares cetáceos que encuentran cerca de las sombrillas suculentos bancos de peces que hacen más amable su travesía. Pero sí me resultó cuando menos llamativo, el hecho de contemplar cómo la mayoría de las personas que en aquél momento allí se encontraban, no pudieron disfrutar de ese magnífico regalo que nos brindaba el mar porque estaban en ese mismo instante, mirando su teléfono móvil. Chats, redes sociales o cualquier consulta en internet estaban restando autenticidad a la fantástica oportunidad que en forma de escasos diez segundos de belleza plástica, la naturaleza nos regalaba. Desde la irrupción de la tecnología móvil y la integración de la misma en nuestras vidas a través de los smartphones, este verano es en el que curiosamente me está resultando más patente el fenómeno de la adicción al watsapp y a las redes sociales, que viene sufriendo casi como una epidemia silente, gran parte de la población. No pretendo, utilizando el término “adicción” tildar de consideraciones médicas este mal hábito, sino de reflexionar acerca de un comportamiento que supone una absorción importante a nivel mental y que acaba por desencadenar una alteración grave en el funcionamiento diario de las personas afectadas. Y es que no resulta extraño si pensamos que, tal y como muestra un estudio de la consultora Oracle Marketing Cloud, cada persona consulta su móvil un promedio de 150 veces al día. Parece por tanto, que estamos ante un comportamiento generalizado que comienza a afectarnos a casi todos y que da la cara con indicadores tan de nuestro día a día, como los que supone el conectarse a las redes sociales siempre que la red o la cobertura nos lo permiten, como el tener a nuestro móvil como compañero inseparable durante las tareas habituales de comer, dormir, atender las obligaciones o charlar con la familia; o como el conectarnos a internet nada más levantarnos y ser lo último que hacemos antes de cerrar los ojos en la cama. Son éstas, realidades de nuestra tecnológica vida ordinaria, que justifican estudios como el de la compañía de comunicación The Phone House, que acredita que el 42% de los usuarios españoles no pasa más de una hora sin consultar mensajes. Estamos pues, expuestos a que el mal uso y el abuso desvirtúen lo que de bueno y loable resulta el tratar de mostrarse visibles ante los demás y el conseguir estar conectados a los amigos y a los compañeros con la posibilidad de intercambiarnos música, vídeos o fotos. Estamos expuestos a construir un mundo virtual que haga de la “pantallitis” la patología germen de relaciones de amistad ficticias y de lo que es peor, de un analfabetismo relacional que ahonda en una cada vez más flagrante falta de competencias blandas en los perfiles sociológicos que estamos construyendo. Perfiles pobres en autonomía, integridad, capacidad de escucha y de atención, autenticidad, motivación, proactividad, gestión del tiempo, pasión, humildad, empatía, confianza, honestidad... en definitiva, estamos expuestos a estandarizar nuestra forma de ser, entender y actuar por hacer un mal uso de las redes sociales y de la mensajería instantánea, que lleve aparejada una pérdida de habilidades en el intercambio personal. No se trata de cerrar los ojos a la realidad evolutiva que supone un mundo global e hiperconectado, así como tampoco de pensar que estamos todos expuestos a un alejamiento de la vida real que afecta a nuestra autoestima y que nos induce ansiedad. Se trata de ver delfines.