Walter White: padre de familia y profesor de química, le diagnostican cáncer y se transforma en Heisenberg, el más exitoso productor de droga Nuevo Méjico; Jordan Belfort: uno de los mayores estafadores bursátiles de la historia, cuya historia es llevada al cine por Scorsese en “el Lobo de Wall Street”; Steve Jobs: de éste diré que supo estar en el momento y lugar indicados, además de ser un genio creando necesidades y vendiendo “exclusivos”. ¿Qué tienen en común? Lograron el “sueño americano”: hacerse ricos de la nada. El cómo, estoy seguro todos sabéis, es lo de menos. Hasta aquí no estoy diciendo nada nuevo y, sin embargo, sí que se plantea un problema de dimensiones, no sólo éticas si no, además, sociales.

El dinero es un concepto abstracto que da acceso a más o menos privilegios. Como veis, ya vamos mal, pues qué considerar privilegio y qué no, ha cambiado según la época y, gracias a la guillotina o a las barricadas, hoy en día existen los llamados productos de primera necesidad o la sanidad pública. A lo que iba: el capitalismo no es más que un refinamiento del feudalismo. La promesa de, por hazañas, convertirse en hidalgo, es equivalente a la de, por el método que fuere, hacerse rico. La herencia genética, es decir por tener el apellido de tu progenitor tienes derecho a su fortuna, se ha transformado en recibir, directamente los bienes. Con lo cual, sigue siendo un club cerrado, al que se accede por nacimiento. Venga una más, que aún quedan indecisos. Cada nueva sociedad necesita una épica con héroes que apoyen su legitimidad, digamos que los superventas de la época fueron el Cid, el Rey Arturo o Ricardo Corazón de León. ¿Alguna vez habéis visto la cantidad de libros de autoayuda para hacerse millonario? Sí, aunque bien pudieran llamarse: “cómo convertirse en un héroe de manera fácil”, culpando a cualquiera que no lo consiga de perezoso, por ejemplo. Está claro que el truco es que no hay pastel para todos, y que si no nos convencen de que esto no es así, se les desmonta el chiringuito.

¿Conocéis el “chiste del hijoputa”? Es llamado así, por ser la respuesta de un niño a la pregunta de su profesor, de qué quería ser de mayor. Alegando que, cuando vio pasar a un señor en un descapotable rojo, con dos mujeres en él desnudas, su padre exclamó: “¡qué hijo de puta!”. Aquí tenemos a nuestro héroe. Pero a mí me gusta desmontar mitos. El tipo, tiene esa necesidad de consumismo, porque su vida está vacía, y debe llenarla con la chorrada de turno, por no tener nada en qué basar su existencia. Si queréis también hablo de la carencia de autoestima de las muchachas y su necesidad de sentirse queridas de alguna forma. Hay una película que, si bien no es buena, el mensaje que tiene es potente: Family Man. ¡Ah, y de lo poquito salvable de Nicholas Cage! Volviendo al tema, en el colegio queremos ser millonarios, en la universidad nos enseñan cómo no serlo para, en los másteres posteriores, cobrarnos por el “secreto”. Dos cosas son evidentes, al menos para mí: la primera y más obvia, es que el sistema está montado para que funcione; y la segunda, es que estamos formando parados. Pero no sólo eso, además frustrados. Porque estas personas, que no pudieron descubrir la piedra filosofal, serán los más fervientes defensores de un sistema que los tiene completamente atrapados, mediante hipotecas, letras y seguros.

Y antes de que venga algún iluminado de cualquier fe a subirse a mi carro, campana en mano, mientras hinca rodilla, rogando al cielo una salvación para esta generación que creció sin adoctrinamientos y que carece de valores, ya me encargo yo de decirle, que hace bien en temerla, pues no sólo pisa fuerte, sino que está preparada. Tenemos nuevo Dios, bueno, desde hace siglos, sólo que ahora se puede decir en voz alta: el Dinero. Y dejaros de tonterías de científicos, maestros o artistas. ¿De mayores? Millonarios de boquilla y fracasados de profesión.