Despertaba, como viene siendo costumbre en mí, con la radio una mañana, escuchando, esta vez, la clasificación de palabras más tecleadas en los buscadores de esa semana. Tras enumerar una serie de tendencias de toda índole, tanto políticas como sociales o deportivas, las diez primeras fueron nombradas. La tertulia continuó hablando del interés de la gente en esos temas y de lo virales que pueden hacerse en un santiamén, mientras que yo, en el baño, procedía al aseo diario. La mirada que me devolvió el Espejo al salir de la ducha no pudo ser más sagaz. Eso no había quién se lo creyera. Naturalmente, antes de finalizar el programa, la locutora que estaba al cargo de la sección, aclaró que, efectivamente, se estaba obviando la pornografía, que, como cada semana, ocupaba los verdaderos primeros puestos. Y no el primero y el segundo, como los veinte primeros. Gracias, señorita, gracias. Luego, ¿después de veinte minutos hablando de las tendencias populares y las inclinaciones de la gente, se nos dice que nada es cierto ni falso, sino todo lo contrario? Desde luego que el nivel de hipocresía que llegamos a alcanzar en nuestras vidas roza lo inverosímil.

El tema sexual sigue siendo uno de los grandes tabús de nuestra sociedad, más incluso, me atrevería a decir, que la muerte, pues ésta, desgraciadamente, nos va tocando con mayor o menor cercanía a lo largo de nuestro periplo vital. Sin embargo, la sexualidad no sólo sigue estando mal vista, sino que, además, el bombardeo mediático que pude llegar a absorber un niño, hasta que consigue formar una opinión y convertirse en adulto, es bárbara. Por no hablar de que ésta, es también, una parte instintiva intrínseca de nuestro a ser, no pudiendo obviarla. El shakesperiano drama mental de ese chaval mezclando la vileza del tema, con el reggaeton, las hormonas, las estrellas futbolísticas, los pases de modelos de Victoria’s Secret y el ocultismo, ha de ser para tirarse de los pelos. Me atrevo a ir un poco más allá, cualquier chico o chica, que en la pubertad comience a conocer su cuerpo, se encontrará con acceso a toda índole de contenido digital, sin filtrar de ninguna forma, y lo que es aún peor, sin guía, teniendo que afrontar esta tarea solo. Se antojan dos preguntas inmediatas. La primera es si la sociedad está asumiendo realmente la responsabilidad que le corresponde. Si está enseñando a entender lo que vemos. Si ayuda a distinguir entre la ficción vendida y la no tan épica realidad. Y la segunda, es si, una vez no asumida esa responsabilidad, tiene derecho a opinar sobre lo que esta vasta industria es capaz de crear, tildando con adjetivos nada halagüeños, tanto a los que la crean, como los que la disfrutan. Hay que pensar, que una vez manos lavadas, ya no pueden volver a ensuciarse en el mismo barro.

Si a la perlita de mi infancia de un hermano del colegio “si os masturbáis os quedaréis ciegos”, le añadimos la no menos farisea frase de mi catequista en la adolescencia “hay que llegar virgen al matrimonio, como yo, aunque eso no quite que se puedan hacer otras cosas mientras tanto”, tenemos un tabú fomentado desde todos los estamentos, que hace que uno se encuentre los dos extremos: las quimeras pornográficas y las imposiciones sociales. Nos enfrentamos a algo que nos viene grande, pues jamás oímos sobre ello, con el mero referente de las estrellas pornográficas, sus sobreactuadas poses y con el machismo como telón de fondo. Aunque esto, es otro tema.

¿Todo perdido, pues? No, ciertamente no. Las armas para luchar contra este tabú son el respeto y la responsabilidad. Respeto hacia uno mismo a la par que al compañero. Responsabilidad de lo que uno tiene entre manos. Responsabilidad y respeto, al fin al cabo, educación. Eso sí, claro está, si el fin último es la persona. Si lo que buscamos, son anónimos consumidores de pornografía de cualquier índole con la normalidad como hábito, entonces, estimada sociedad, qué bien se nos marcó el camino.