Cuando uno habla de sí en tercera persona, resulta pedante. Pero si ya, del que habla en tercera persona, es de su pene, imaginaos el cargante tono que adquiere la conversación. En éstas estamos: un grupo de hombres, que se llama a sí mismos, “La Manada”. Al más puro estilo de “Los Vengadores”, pero en su versión de envalentonarse por la ebriedad y brindar para los acosos sexuales. ¿O era al revés? Como fuere, aquí están nuestros súper hombres: Prenda, Cabezuelo, Boza, Escudero y Guerrero. Todos ellos fanáticos y sin un ápice de personalidad, actúan como su nombre indica, como una manada. Seguramente, os sintáis más seguros a partir de ahora, sabiendo que hay un guardia civil y un militar entre ellos. Ésos que velan por nuestra protección.

El descontento social a la sentencia es enérgico y unánime: los pitidos se suceden en las afueras de la sala, las manifestaciones no se hacen esperar y empiezan a organizarse para el día siguiente, y el Twitter es un hervidero de comentarios contrarios a lo dictado. ¿Qué por qué? Pues porque se puede. Estamos plantándole cara a ese cuarto poder que nos tenía subyugados a lo que se imponía como Verdad. Haríamos mejor en preguntarnos el porqué de salir a la calle banderas republicanas, el puño de la lucha femenina o el color negro del luto. Hay mucho tras este caso.

Pero veamos qué dijeron los jueces: hubo abuso, que no violación, pues no se dieron los agravantes de violencia o intimidación. Bueno, los magistrados tienen mi aprobación en oratoria y manejo de los conceptos, lo cual dice muy poco de gente que debiera impartir justicia y mucho de gente que vende humo y predica en atriles de fieles. Es lo que tiene que no tener independencia judicial: los jueces hacen política, y, los políticos, justicia. Liam Neeson no es un actor que me guste especialmente, pero como producto para adolescentes con la testosterona a flor de piel, la película Venganza, cumple. En ella, un par de amigas estadounidenses, en un viaje a Europa para seguir la gira de U2, son secuestradas para trabajar en una red de prostitución. Estaban solas, en un sitio hostil y eso, los listillos, lo saben. Lo flagrante del caso que nos ocupa, es que aquí, se supone, que la chica no estaba vulnerable: era española, los violadores también y, por supuesto, la fiesta, más patrias que ninguna. ¿El mensaje que ha dado la sala segunda del TSJ de Pamplona? “Ni en casa estáis seguras.” Hay villanos de viodejuego que dan menos miedo.

Pero vayamos a mi parte favorita del caso, el juez Ricardo González y sus aires de grandeza. El voto discrepante respecto al delito de, y recuerdo, abuso sexual, que no violación. Como es obvio, él los absuelve, porque los gestos de la chica en los vídeos son parecidos a los de las actrices pornográficas que ve en sus ratos de ocio. De ahí sus, casi 300 páginas de aburridas excusas. No es fácil reconocer que uno es católico pero se entrega a los placeres carnales. Como si de fútbol se tratara, a los juristas les gusta hablar de la propia dificultad del caso, porque sí, difícil es, pero de justificar.

Veamos también los posicionamientos: el “linchamiento popular” al que aluden los letrados o el: “las mujeres son las culpables de ir provocando” de mi mal amigo y peor persona, Álvaro Ojeda, que, a diario, escupe sus idioteces como si de pienso para fanáticos se tratara. Me recuerda mucho a los imanes, sacerdotes o rabinos. Quizá él sea el predicador moderno que tanto necesitan los nuevos fascistas a los que el PP ya les huele a rancio. Por ahora, Ciudadanos, tiene a Vargas Llosa, otro vomitador profesional, sólo que éste escribe un poco, tampoco mucho, mejor. En fin, tiempo al tiempo.

¿Queréis mis conclusiones? Por supuesto: hay una sociedad rancia que sigue teniendo adeptos en las nuevas generaciones y que, en lugar de cuestionarse sobre la existencia de grupos ultras de cualquier índole, en este caso sevillanos, habla de populismos y la escasez de ropa de la mujeres. Aunque si bien, no queréis pensar, os invito a pasar este reivindicativo festivo, viendo la obra más cercana, que todos sabemos que lo haríamos mejor que los obreros de turno.