En la puerta de mi aula permaneció durante años un cartel que indicaba: “Aquí estamos aprendiendo a vivir”. Ese concepto de enseñanza que trata de ofrecer las pistas con las que cada futuro ciudadano se alce frente a los envites sociales y sea capaz de transformarlos con un espíritu crítico es, en suma, enseñar a pensar.

Si el objetivo principal de las instituciones y programas docentes se centrara en formar ciudadanos comprometidos, responsables, siempre dispuestos a indagar, a enjuiciar lo que les rodea y todo ello con su juicio propio y analítico, probablemente tendríamos una sociedad distinta. En el entorno en que vivimos abundan más los “idiotas”-en el sentido griego (“idiotés”) de gentes que carecían de pensamiento crítico- tan fácilmente manipulables por el iluminado de turno que los ciudadanos que piensan, que cuestionan, que sacan conclusiones con las que aplicar respuestas críticas a los problemas cotidianos de forma reflexiva y personal.

He ahí el meollo de la cuestión. ¿Enseñamos a pensar a nuestros niños y niñas? Probablemente no. Al menos con la intensidad que sería necesario. No olvidemos que incluso un estudioso como Piaget afirmaba que hasta que un alumno no llegaba a los doce años no sería capaz de desarrollar el pensamiento crítico. Por supuesto es una afirmación errónea.

Existe una corriente denominada “Filosofía para niños” que se basa en afirmar que debe ser en la escuela donde se “aprenda a pensar”, a preguntarse sobre las grandes cuestiones y a formar juicios razonables sobre la vida ya que, en caso contrario, quizá sea ya tarde. “Es necesario enseñar a los niños a filosofar”, afirma J. Nomen. “De ese modo aprenderán a pensar, podrán construir un mundo mejor, participar activamente en un proyecto común, podrán ser ciudadanos activos y comprometidos, capaces de separar la verdad de la mentira en estos tiempos en los que resulta difícil, en estos tiempos de falsas promesas. Para contribuir al bien común, tenemos que poder pensar de manera lúcida y creativa, filosófica. Y eso es algo que o se aprende en edad escolar o no se aprende”.

Claro que en la sociedad que nos rodea, en esa espiral de inmediatez, de redes sociales omnipresentes, en la cultura de las medias verdades, del populismo galopante, esa pausa que nos permita el diálogo, el prestar atención a los demás, el tiempo para reflexionar, se nos hace harto complicada de lograr. Quizá por el afán de algunos de mantenernos en esa ignorante nebulosa en la que pensar produzca tal pereza que sea muy fácil hacernos vivir en la manipulación y la mentira. Como en aquella canción infantil, ¿dónde están las llaves de ese “aprender a pensar” con que transformar la realidad? En la escuela, claro.