Si los casos de violencia y de acoso escolar aumentan, como subrayan los medios de comunicación. Si escuchamos, asombrados, que incluso el abuso sexual ha llegado escandalosamente a los colegios. Si existen profesores que, amparados en su “libertad de cátedra”, se dedican a aleccionar a sus alumnos con consignas políticas. Si los modelos de conducta que estamos ofreciendo a los niños, a través de televisión, no son precisamente los mejores referentes éticos y morales para su futuro. Si los docentes se quejan de que, “por imperativo legal”, se los obliga a aprobar a alumnos con problemas de disciplina en sus aulas. Si todo el aluvión de órdenes y decretos educativos, lejos de arreglar nada, solo ha servido para empeorar la convivencia en los centros. Si, cada vez que hablas con algún docente, te manifiesta su malestar por la situación actual, donde lo académico pasa a un segundo plano, y donde los mejores profesores quieren huir de la enseñanza. Si, para colmo, los “padres de la patria”, que quieren regenerar el sistema, hacen consigna del insulto, dando pésimo ejemplo de diálogo, respeto y convivencia. Si los líderes sociales se dedican a defender su sillón en vez de a aportar soluciones a los problemas de los ciudadanos. Es evidente que algo debe corregirse en nuestro sistema político-educativo. Porque, aunque a algunos no les interese reconocerlo, algo va mal.