Plotino, el filósofo griego que sentó las bases de la estética de la luz, apostaba por ella como la más hermosa manifestación a los ojos del ser humano, tan bella que, sin poseer color en sí misma, hace aparecer los colores de la cosas iluminándolos. Si se atiende al discípulo de Platón, vivir en una urbe que, entre otros muchos sobrenombres, es conocida como la Ciudad de la luz, debe de ser increíble. Marina Úbeda Domingo lo sabe muy bien.

Jiennense de la zona de Los Jardinillos, siempre con la Catedral a un tiro de piedra, esta licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada tuvo claro muy pronto que lo suyo era conocer mundo, empaparse de la cultura de otros lugares y, en cuanto se le presentó la ocasión, hizo la maleta y voló sobre el cielo que araña la Torre Eifell: “Al no tener muy buen nivel de francés todavía, decidí ir a trabajar a Disneyland París durante el verano de 2010”, recuerda. La experiencia, además de enriquecerla por dentro —el sueldo no daba para alardes exteriores—, le valió para perfeccionar el idioma.

Regresó a España para terminar su carrera, pero la capital gala es mucha capital y su vocación la empujaba hacia las orillas del Sena. Dicho y hecho, se graduó y —“oh là là”— se convirtió en toda una auxiliar de conversación sin ninguna prisa por volver: “Me di cuenta de que las oportunidades profesionales abundaban en comparación con España durante y tras la crisis”, asegura. Emprendedora y decidida, concluyó su labor docente, pero no su aventura parisina.

Nada menos que la Sorbona le abrió sus puertas y, en 2013, cursó un Máster en Turismo y Economía y puso los cimientos de su vida actual. Eso sí, a fuerza de tesón, trabajo y esfuerzo: “Para financiar mi estancia en una ciudad tan cara, trabajaba cuidando a niños, de dependienta en tiendas, como intérprete y dando clases de Español e Inglés a estudiantes”, rememora.

Con su posgrado bajo el brazo y una voluntad férrea, Marina Úbeda recaló en el mundo del márquetin y la organización de eventos en una empresa financiera. Un sector que, en cuanto se fijó en aquella chica nacida en el lejano Jaén, se dio cuenta del talento que atesoraba y la “fichó”. Paso a paso, desde 2013, creció como profesional y, en octubre del año pasado, se incorporó a la firma en la que, actualmente, desarrolla su labor como responsable de relación con los inversores: “El mundo de las finanzas requiere mucho trabajo, pero es muy interesante y hay muchas posibilidades de evolución y puestos diferentes”, manifiesta, una vez constatado que “en una ciudad como París se encuentran bastantes oportunidades laborales”. Úbeda se confiesa enamorada de los idiomas, pero la idea de pasarle la vida traduciendo textos tampoco la volvía loca: “Me di cuenta de que eran muy importantes como complemento para otros oficios”. Este descubrimiento, unido a sus ansias constantes de aprender, esclarecieron su horizonte profesional, en el que maneja como pez en el agua.

La mítica París de la bohemia, la que fuera capital cultural de Europa y del mundo, hace gala, también, de otro sobrenombre: la Ciudad del Amor... Un hermoso apodo que la experiencia de Marina Úbeda avala. No en vano, la urbe que tanto quiso uno de los poetas que más y mejor escribieron del sentimiento amoroso, Pablo Neruda —“no hay tarde más dulce en el mundo”, dijo de ella cuando la dejó— le ha procurado un gran compañero de viaje —en el más amplio sentido de la expresión—: Alex, un policía nacional e investigador judicial francés al que, tras tanto estudiar lenguas, le habla con el idioma de los ojos.