Ahmed Troyano —Ahmeh Hach antes de convertirse en un jiennense más— es un saharaui de cuna que, a sus cuatro años, encontró una “maravillosa familia española, humilde, honesta y llena de amor” que le procuró un hogar feliz y una formación humana y educativa envidiable. Sumó, así, a sus progenitores biológicos unos padres adoptivos y a sus seis hermanos africanos, otros tres del Santo Reino. Una preciosa historia protagonizada por la solidaridad y por una gratitud —la de su protagonista— capaz de conmover al más pintado.

Su infancia, dice, fue “de cuento”, y valora su paso por el colegio Peñamefécit como una gran experiencia gracias a sus “buenos profesores” y a los primeros amigos, un grato recuerdo que se extiende también a sus años de estudiante en el instituto Auringis, donde encontró a muchos de sus actuales compañeros de camino. Responsable y conocedor de la oportunidad que el destino le concedió en su día, aprovechó el tiempo y, en la Universidad jiennense, encontró la horma académica de su zapato: las finanzas. Una elección que lo llevó, el tercer año de carrera, a convertirse en Erasmus en Frankfurt del Oder, en la frontera germano-polaca, a cuatro pasos del Berlín natal de Marlene Dietrich. “Fue mi mejor año, aprendí a ser un adulto de verdad, a valerme por mí mismo, a relacionarme con gente de todo el mundo y a disfrutar de lo bueno de la vida”, dice Troyano. Sí, para este argelino-jiennense-berlinés —que sueña con la Asia más potente como escenario de sus éxitos profesionales—, la ciudad del muro significa lo que para Fray Luis de León la quimera geográfica de su más célebre poema: “Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y busca la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido”//. Así lo ve, y así lo expresa: “Berlín es una ciudad como ninguna, que combina historia, libertad, tolerancia, arte y, por otro lado, capital, potencia económica y nido de grandes empresas” —la vocación es la vocación—. Tanto la ama, que no le ahorra elogios: “Mi vida aquí es simple y relajada, trabajo dos días en un servicio de limpieza y el salario me permite vivir cómodamente, viajar y alguna que otra cerveza”. Incluso, asegura, la capital alemana le ofrece una cotidianidad “bien distinta a la ajetreada vida jiennense”.

Sin embargo, el amor a su tierra adoptiva no decae: “Recuerdo con cariño mi último año en Jaén, especialmente los últimos seis meses”. Y ello a pesar de que, en aquel tiempo, su agenda no estaba, precisamente, en blanco: “Tenía que compaginar exámenes de la Universidad, trabajar desde la mañana hasta la noche como socorrista de piscina y el Pub LaSanta, como camarero”. “Meses duros” que le permitieron ahorrar y disfrutar de una situación actual que celebra.

No estudia menos ni puede vivir sin trabajar, pero sabe que el esfuerzo de hoy es el camino que lo conducirá hacia su sueño, y está dispuesto a conseguirlo: “He decidido especializarme en los campos de Finanzas de empresa, Inversión y Mercados capitales e Informática aplicadas a la economía, y para ello no había mejor oportunidad que aquí, en Alemania”. Cambió las aulas de Las Lagunillas por las de la Universidad Viadrina —“entre las diez mejores instituciones académicas germanas en el campo de la economía”— y no se ha arrepentido, ni mucho menos. Su rutina, ir a clase, estudiar idiomas, acrecentar sus conocimientos en inversión privada de manera autónoma, trabajar y pasar el tiempo libre con sus compañeros de piso. Ah, y empaparse de “la maravillosa ciudad de Berlín”.