Contra las estructuras de metal y de vidrio nocturno rebotan las palabras aún sin forma”. Ocurre en la Gran Manzana, según el poeta José Hierro, el mismo que, entre rascacielos, recordaba a un andaluz con versos de aroma muy jiennense: “Las corrientes del East River / se han guadalquivirizado”, decía el autor de “Cuaderno en Nueva York”. ¿Habrán sentido esa lírica metamorfosis, alguna vez, Mari Carmen Cabrera Alcalde y José Mariano Olivares Blanco, a la orilla fluvial que separa Long Island y Manhattan? Solo ellos lo saben, pero lo que sí está claro es que el gran río que nace en Cazorla y muere en tierras gaditanas discurre paralelo a su historia de amor; jiennenses ambos, como el Guadalquivir —ella villariega, él de la capital—, se conocieron precisamente durante su etapa universitaria en Sevilla. A partir de entonces, la vida les reservaba muchos kilómetros y vivencias juntos.

A la ciudad que nunca duerme llegó esta pareja de arquitectos jiennenses tras una aventura berlinesa que los marcó profundamente, hasta el punto de considerar a la capital alemana como “su casa”: “Nos fuimos a Berlín por Pepe, quien obtuvo una beca de prácticas en un estudio y con perspectiva de buscar salidas profesionales allí”, aclara Cabrera. Sin embargo, otra oferta laboral, de un año y medio, los cambió de continente y los ubicaron en la “capital del mundo”: “Quizá Nueva York sea la única ciudad que podría competir con Berlín en cuanto a su calidad arquitectónica y oferta de formación en nuestra profesión, por ello estamos aquí, a pesar de la distancia que hemos sumado a la ya interpuesta con nuestra familia, afincada en España”, asegura la villariega, y añade: “Llevamos poco tiempo aquí, y después de tanto ajetreo con la mudanza y el montaje del nuevo piso, a la vez que trabajábamos, tampoco hemos tenido tiempo de mucho, ni siquiera de tener monotonía”. Y es que no debe de ser fácil aburrirse en la urbe de las urbes. Por si acaso, el estudio en el que trabajan “tiene un volumen de actividad muy grande”, apostilla. Eso sí, lo poco que han podido disfrutar de Nueva York, no les ha defraudado.

Enamorados de su profesión, él está volcado en el proyecto de construcción de un centro de investigación para una de las universidades de Aachen, mientras ella colabora en el desarrollo de una vivienda en Manhattan. Una realidad que confluye en un sueño compartido: “Tener un estudio de arquitectura propio. Idealmente, compaginaríamos el trabajo en España y en el extranjero, manteniendo los lazos que hemos creado por los sitios por los que hemos pasado y seguimos pasando”, manifiesta Mari Carmen Cabrera, de quien su marido destaca “su tenacidad y capacidad de análisis”: “Ha sacado el espíritu emprendedor de su madre y la bondad de su padre”, celebra Olivares, seguro de que estos valores serán, algún día, “seña de identidad” de su futura empresa y que, incluso, “lleguen al cliente e incluso se transcriban al proyecto”. Y, dicen, siempre “con Jaén por bandera”: “Aunque hemos hecho amistades por donde nos hemos movido, allí mantenemos el grueso de amigos o el punto de encuentro de amistades de siempre que, como nosotros, viven fuera de nuestra tierra”; palabras de una villariega convencida que derrochan amor hacia su patria chica.

¡Ah, importante! Entre sus planes tiene cabida también un plan muy pero que muy ambicioso, que, eso sí, no se plasma sobre plano: es, más bien, materia de anhelo, y se dibuja mejor en el papel íntimo del corazón: “A medio plazo, nuestro horizonte es tener familia”. Criar hijos, volver a España y estar con los suyos: ¡Eso sí que es un proyecto!