Ochocientos ochenta kilómetros separan Andorra de Begíjar, o lo que es lo mismo: unas nueve horas de viaje hacen del principado pirenaico un remoto extremo en el corazón de Pepa Moral López, que tiene su otro polo en el vizcondado jiennense, donde nació allá por 1935, un año antes de que estallara una Guerra Civil que, entre otras facturas, costó a muchos el elevado precio de tener que abandonar sus lugares de nacimiento para ganarse la vida lejos de donde vieron la luz primera.

Kilómetros, tiempo de viaje... Pero los lugares —lo decía Borges— se llevan siempre consigo, y no hay día que la begijense no se acuerde de los paisajes de su infancia, las calles que recorría, los “teatrillos” que formaba con sus amigos y que tenían como precio un botón —todavía recuerda muchos de aquellos versos—, el olor a aceite, los boquerones de su tía, su familia... Con ella vivió, en Begíjar, hasta que una desgracia los obligó a cambiar de pueblo: su casa, donde hasta entonces vivía gozosamente, se derrumbó y, con ella, cayó también la posibilidad de continuar en el municipio. Su próximo destino, una hermosísima ciudad jiennense, Baeza, que los acogió por tres años y donde aprendió a coser con primor.

Y es que la existencia de Pepa Moral comenzó a acostumbrarse a las despedidas bien pronto, de forma que, cuando parecía que su porvenir estaba en una de las dos “Salamancas andaluzas”, otra vez el trajín de maletas regresó a sus oídos. Era la década de los 60; su padre, cantero de profesión, recibió una oferta desde Cataluña, y allá que se fueron. Recaló, a sus espléndidos quince años de edad, en Salas del Pallars, donde tuvo los primeros amores y grandes amistades. A fuerza de trabajo y dedicación y gracias a sus manos curtidas con la aguja y el dedal, consiguió fundar la familia que creó junto con su marido, Roberto Martí, natural de Lleida, y que la llevó, tras una breve estancia en Pobla de Segur, a Andorra. Cinco hijos como cinco soles, a los que ha visto crecer y de los que se siente profundamente orgullosa.

Fueron años felices al frente de un hogar adquirido con el sudor de sus frentes o en las filas de la coral donde daban rienda suelta a su vena más artística; una etapa dichosa que la muerte de Martí cerró. Pepa Moral tuvo que remangarse, otra vez, para sacar adelante a los suyos y lo mismo en el cuidado de personas mayores que como ayudante en las aulas de un colegio o cocinera de un centro de niños con problemas, consiguió que lo que más le importaba en la vida —sus hijos—, no careciesen de nada.

Pensaba Chaplin, desde su cinematográfica mudez, que el tiempo es el mejor autor, el que siempre encuentra un final perfecto”. Y en el caso de la protagonista de este reportaje, la sentencia le cae que ni pintada: a día de hoy, Pepa Moral es una mujer feliz en Andorra, que hace gala de una extraordinaria fortaleza —continúa entregada a la costura, es una apasionada del yoga, camina, le encanta ver fotografías, la lectura y navegar por la Red— al tiempo que se deja mimar por sus vástagos, conscientes de cuánto ha tenido que sudar su madre —y con cuánto gusto lo ha hecho— para llegar hasta aquí; juntarlos a todos y compartir un buen rato es, para la begijense, lo más de lo más. Eso sí, Jaén es Jaén, y a Baeza, donde todavía conserva familia, viene cada vez que puede a darle, entre otras cosas, un gustazo a su paladar con un buen plato de migas, gazpacho, ensalada de naranja, potaje con espinacas... En el principado pirenaico está su vida, pero aquí, entre las aguas vegetales del mar de olivos, continúan, escritos para siempre, los primeros capítulos de su memoria.