El destino es caprichoso, y el de Pablo Venteo lo llevó hasta la misma capital de la República Checa, Praga. Fue a través de la invitación de uno de sus amigos (el cuál estaba de Eramus en la ciudad) que este joven jiennense se aventuró a llegar hasta el corazón de Europa para labrarse un futuro como guía turístico hace dos años y medio. Tiempo en el que se dió cuenta de que, ahora, no podría verse en otro sitio que no fuera la capital checa.

No se lo pensó mucho una vez recibió la invitación de su amigo a probar suerte en Praga. Le encantaba trabajar como guía turístico en Jaén, pero sentía que en ese momento no podía progresar. Por ello, armó rápidamente sus maletas y se marchó en busca de una nueva vida en la ciudad checa. Desde que llegó, Pablo Venteo trabajó como guía turítico en dos empresas. En la actual, trabaja, de hecho, con otro jiennese que decidió mudarse a Praga. Con esta presencia tan jiennense en la empresa, Venteo cuenta que son ya varios compañeros los que desean venir a conocer Jaén y su provincia. Su trabajo le ayudó a conocer, rápidamente, los lugares más emblemáticos de la ciudad. A lo que se sumó, además, su afición de encontrar todas las jornadas de puertas abiertas o inauguraciones para incluirlas en su agenda y, además, tiene un mapa donde marca todos aquellos edificios que ya ha visto o que desea ver de Praga y República Checa. Hobbie que le ha hecho ganarse el apodo de “El del mapa”. “Ambas listas no paran de subir”, apunta Venteo. Entre algunas de las cosas más impactantes que Venteo vivió en Praga, destaca el día en el que se encontró en el Castillo de Praga al presidente de la República Checa haciendo un recibimiento oficial al Dalai Lama. “Es lo típico, estás con tu tour y de repente dices: ‘Ah, mira, el Dalai Lama’”, bromea. Sin embargo, aunque esté a miles de kilómetros de distancia, Pablo Venteo no se libra de la necesidad de volver a su tierra. De hecho, afirma que, según su jefe, “vuelve demasiado”. No deja pasar más de cinco meses, detalla.

Sobre la actitud de los checos, Pablo Venteo descata que puede ser algo “chocante” para aquellos que crecieron dentro de la cultura mediterránea. “Los checos son gente no sonriente. La sonrisa es muy poco común. Y, sobre todo en la capital, tienen un poquito más de fama de ser más cerrados. Entonces, una de las cosas que más te encuentras son quejas de los secos o maleducados que son”, expone. Por contra, Venteo afirma que esto es totalmente falso: “En realidad, no son así, simplemente no sonrien. El tono de voz de aquí es, sencillamente, alto y la gente lo malinterpreta; así como la forma de ser del idioma, que es más fuerte comparado con el español. Por eso la gente piensa que les están gritando o tratando mal”. Sobre este asunto, subraya que cuando se llega a conocer a los checos son “un amor”, tanto que llegan a abrir de par en par las puertas de sus casas. Pero, antes, necesitan conseguir cierta confianza. “Simplemente, no tienen esa empatía desde el primer momento”, insiste.

Debido a esta actitud más distante, Pablo Venteo confiesa que le costó bastante adaptarse a su nueva ciudad y apunta: “Hay dos maneras de adaptarse, una es tener tu grupito de gente extranjera y otra es echarle un par de lo que sea”. Comenta que aún no domina el cheho “ni de lejos”, pero que sí puede comunicarse bien en su día a día fuera de su tramo laboral (que suele hablar en español). Aprender el idioma local lo describe como “obligado”, ya que según cuenta no mucha gente habla en inglés. A pesar de todo, Venteo no duda en hablar de ellos como “personas maravillosas”.