• PALABRA<span style="text-transform:uppercase">. </span><i>Los pequeños se disfrazan en la noche más terrorífica del año. </i>
    PALABRA. Los pequeños se disfrazan en la noche más terrorífica del año.

En las postrimerías del siglo XIX se hizo popular en Alemania una frase inquietante que, sin embargo, no representaba, entonces, sino el orgullo de unos habitantes encantados con las conquistas experimentadas por su ciudad: “Hijo mío, estás loco, tienes que ir a Berlín”, decían aquellos decimonónicos ciudadanos. Más de una centuria después, los berlineses presumen de patria chica con el mismo eslogan, conscientes de que la capital germana “engancha” a quien la visita.

Lo sabe bien una jiennense del centro de la capital, Teresa Capiscol Garrido, que a sus veintidós años pisó suelo alemán por vez primera como becaria Erasmus y, contra todo pronóstico, pensó que aquella era la tierra en la que quería vivir. Pensado, y decidido. Atrás, eso sí, quedaba una historia que merece la pena relatar. Estudió en el colegio Alfredo Cazabán y en el instituto Virgen del Carmen antes de marcharse a Granada para convertirse en toda una politóloga “en tiempos en los cuales la palabra ‘crisis’ empezaba a sonar más de lo normal”, recuerda. Viajera y curiosa, Capiscol aprovechaba la más mínima oportunidad para ampliar horizontes: “Me encanta viajar, conocer lugares nuevos, culturas..., así que, cuando tenía unos días libres, visitaba a algún amigo o amiga en otro punto que no fuese el de mi amada Andalucía”, rememora. Una vida ordenada en la que los billetes, la llevasen donde la llevasen, eran siempre de ida y vuelta... Hasta que dejaron de serlo: “El segundo año de carrera llegó, y con él la posibilidad de solicitar la beca Erasmus, cinco destinos posibles por orden de preferencia”, evoca Capiscol. Así empezó todo: el magnetismo de un todavía desconocido Berlín la atrajo y, seducida por la posibilidad de vivir una experiencia enriquecedora en una ciudad ya sin muros, apostó por “la Chicago de Europa”, como la bautizó Mark Twain.

Con buen dominio del inglés pero a cero en alemán, la politóloga jiennense cruzó la Puerta de Brandemburgo y sintió sobre su cabeza el aliento de libertad que la monumental construcción destila. Algo debió de notar nada más llegar para que, apenas un mes después, su cita con el idioma germano se tradujera en clases diarias: “Sentía tanta curiosidad e inquietud por la lengua como por utilizarla con germanoparlantes”, afirma. Se empapó de Berlín, recorrió sus calles, la aprendió de memoria y, literalmente, se enamoró, sí, con todas las letras: “Ese mismo año conocí a mi pareja, Sabin, un nepalí estudiante de Economía”.

Si por algún resquicio llegaba la nostalgia, el amor se encargaba de cortarle el paso y devolverla a los territorios de la invisibilidad. Tanto es así que, cuando llegó el momento de regresar y reincoporarse a los estudios, Teresa Capiscol prefirió el andén al vagón y, convencida, despidió a sus compañeros de carrera para volver a fundirse en el paisaje de su nuevo destino y no para perder el tiempo, desde luego; estudió a distancia y a conciencia, concluyó su grado en Ciencias Políticas y de la Administración y, como cantaba Leonard Cohen, conquistó Berlín, laboralmente hablando: “Los primeros trabajos a los que opté fueron del sector hostelero. Trabajé para dos restaurantes, alemán y español, donde adquirí rápidamente fluidez en el idioma”, dice. Un dominio lingüístico en el que ha tenido que ver mucho su tesón, que, pese a la dependencia de horarios, la animó a cursar Alemán. A día de hoy, tras acumular experiencia en prácticas, en la multinacional Sony se escucha acento jiennense gracias a esta luchadora nata que, si todo sale según sus planes, pronto enseñará español a los alemanes que quieran aprenderlo en las aulas del Instituto Cervantes.