Hay quienes, incluso antes de llegar al mundo, ya saben lo que es vivir lejos de su lugar de origen, gentes que llevan el acento de la tierra propia —que dejaron cuando ni habían visto la luz todavía— como el eco de su himno cuando hablan. Laura García Vega es una de esas personas, tan de aquí como una hilera de olivos, aunque su carné de identidad derroche sevillanía. Sí, el destino, encarnado en el oficio paterno, la quiso jiennense de alma, de corazón y de nostalgia aunque la naciera en esa otra orilla del Guadalquivir que en Jaén no cabría ni por asomo.

“Hemos tenido que viajar bastante por España y Jaén ha sido siempre el sitio de encuentro, todas las vacaciones las he pasado con la familia allí: Navidades, Semana Santa y todas las fiestas de guardar”, recuerda García, y asegura que las “j” que salen de sus labios son genéticas, de tan entrañables. Sea como fuere, la hermosísima Sevilla la vio crecer física e intelectualmente: matrícula de honor en el instituto, grado en Biología —la decimotercera de una promoción de ciento cincuenta titulados— y un máster en Genética Avanzada que la llevó hasta Barcelona, “una ciudad puntera en la investigación genética”. Fue allí donde, mientras realizaba un proyecto de investigación bajo la tutela del doctor Trond Aasen, este le recomendó unas becas predoctorales en la Caledonian University de Glasgow, una tierra conocida por Laura García Vega, que en el verano de 2013 pisó suelo edimburgués por vez primera y recibió todo un flechazo: “Me enamoré completamente de Escocia”, confiesa. “El país más bello del mundo” —según una votación popular para una agencia de viajes— también se encandiló de esta jiennense-hispalense y, como cualquier enamorado que se precie, hizo lo imposible para que su “amada” regresase; el método —infalible—, un contrato predoctoral, por tres años, que la arraigó en Reino Unido en 2015.

Un clima duro, sin sol apenas, un idioma que en nada se parecía a lo que había estudiado —el acento escocés es mucho acento— y la soledad de un primer año difícil fueron la dote que su nuevo destino le ofreció. Pero todo cambia —canta Mercedes Sosa—, y García Vega sucumbió, finalmente, a los encantos de Glasgow. “El que aguanta, gana”, reza en el escudo de armas del marqués de Iria Flavia —el fallecido premio Nobel Camilo José Cela, hijo de madre inglesa, por cierto—. La protagonista de esta sección aguantó y, como el autor de “La Colmena”, venció: “Ahora estoy mucho más adaptada y mi pareja, al que conocí en Barcelona, y nuestra perra se han mudado conmigo. Además, nuestra familia y amigos nos visitan con frecuencia, por lo que no sentimos el hogar tan lejos”, dice. Tan a gusto está en la nación de Harry Potter que, puestos a adaptarse, ha escogido de entre todos los deportes practicables el “quidditch”, propio del universo de J. K. Rowling y hasta, el próximo mes de julio, en Florencia, competirá dentro de las filas de la selección catalana. Toda una campeona que, ya en la recta final de su doctorado, tiene los pies en el suelo y realiza un proyecto de investigación de afecciones inflamatorias de la piel “para entender cómo se comunican las células durante enfermedades como la psoriasis, el eccema o las úlceras diabéticas, con el objetivo de desarrollar nuevas terapias”. Bióloga vocacional, tiene claro que “la situación económica de España conduce a la ciencia española a la precariedad y a una competitividad terrible” y, aunque echa mucho de menos su país natal, “el sol y la comida”, deja el billete de su vida abierto: “Iré donde la ciencia nos lleve”.