Para Rafael Alberti, “el más exiliado de los poetas del destierro español” —en sus propias palabras—, cualquier ciudad era como una casa grande. Sabía bien lo que decía, él que conoció como la palma de su mano las urbes del mundo, de tanto recorrerlas huyendo siempre del acecho enemigo. Y, sin embargo, el también pintor portuense llegaba a amar esos paisajes impuestos, hasta el punto de convertirlos en protagonistas de muchos de sus poemas.

Elisa Romero Reyes no es poetisa ni, mucho menos, una exiliada; en todo caso, esta titulada de la primera promoción de la Licenciatura en Filología Inglesa y Turismo por la Universidad de Jaén aspiraba, como gran parte de sus compañeros, a iniciar una carrera docente que, entre otras cosas, la terrible crisis económica que, no hace tanto, azotó España arrinconó en favor de otros oficios: “Pensaba hacerme profesora de Inglés; sin embargo, nunca lo tuve claro y decidí solicitar todas las becas relacionadas con la educación y las prácticas en el extranjero”, recuerda. Pero ninguna de sus solicitudes fue aceptada.

Muy, muy arraigada a su Jaén natal, alguna de cuyas tradiciones —como la Semana Santa— vivía con especial entrega, todo parecía propicio para construir una vida aquí, en el mar de olivos, o como muy lejos, en cualquier punto del territorio nacional, cerca del Santo Reino. Pero el destino la esperaba en otras latitudes: “Decidí irme a la aventura a Manchester, donde mi gran amigo José Vega trabajaba como auxiliar de conversación, y empezar mi vida profesional”. Dicho y hecho: llenó la maleta, en un par de semanas consiguió trabajo y siete días después, abrió las puertas de su nueva casa, plena de calidez gracias a las que comenzaron siendo compañeras de piso y, hoy, son sus grandes amigas. Sin abandonar la idea de impartir clase como asistente de español, Romero recaló, laboralmente, en un restaurante italiano que, además de procurarle un salario, fue el escenario de su particular historia de amor: “Allí conocí al que ahora es mi pareja, el cual era mi jefe, un británico chipriota”, rememora. Compaginó el aroma a pasta y pizza con su labor como docente voluntaria en un instituto, donde hacía méritos para ganarse una plaza que nunca llegó, y descubrió en la hostelería una vocación —“la espina dorsal de la vida”, la llamaba Nietzsche— que la hacía “feliz” y la “llenaba”, así que, con las ideas más claras que nunca, complementó su formación académica con un máster en Dirección de empresas; acertó de pleno, si se tiene en cuenta que el primero de los hoteles Innside by Melia de Manchester la fichó como recepcionista. De ahí a su puesto actual de “assitant front office manager” —segunda jefa de recepción— hay una historia de esfuerzo e ilusión que ha dado fruto e informa del espíritu luchador de Elisa Romero, quien disfruta de una posición profesional que la hace sentirse valorada en su sector. Un lugar conquistado a fuerza, también, de renuncias: “Por entonces me quedé embarazada y formé una pequeña familia, lo que me hizo pensar que quería volver a España pronto, para que mi hija viviera en mi tierra y rodeada de mi familia”, asegura, y añade: “Pero tomé la mejor decisión posible, y di a luz en Manchester”.

Decía Erasmo que “todos los países son su patria para un hombre dichoso”, y con su pequeña, Alicia, en los brazos, por más duro que resultara ser madre y trabajadora a tiempo completo, Manchester se le apareció como su personal ciudad de la alegría. La recompensa no tiene precio: una familia unida, un trabajo estable con el que se siente realizada y la seguridad de no haberse equivocado: “La decisión de venir al extranjero fue dura, pero mereció la pena”. Enhorabuena, entonces.