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    PALABRA. Los pequeños se disfrazan en la noche más terrorífica del año.

Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más”. Quien invita a “cabalgar” sobre las dos ruedas no es otro que el creador de Sherlock Holmes: Arthur Conan Doyle, un superviviente nato que pasó su vida huyendo de la tristeza de una infancia complicada y que hallaba sobre el sillín el mejor bálsamo.

El consejo es bueno, sin duda, pero toda regla tiene su excepción y Manuel Jiménez Sánchez, si decidiese seguirlo, tendría que pensárselo bien, por más que saliera de los labios de tan ilustre escritor. O no hacerlo en julio, cuando las vertiginosas alturas del Alpe d’Huez se convierten en protagonistas del Tour de Francia y este arjonero podría ser literalmente consumido por el pelotón de la prueba más importante del ciclismo mundial.

Licenciado en Geografía por la Universidad de Granada, Jiménez comenzó su particular coqueteo con tierras francesas en 2011, convertido en un Erasmus con todas las letras en Nancy, al norte del país. Tanto le gustaron el idioma, los paisajes y la cultura gala que aquel flechazo lo dejó “herido de amor”, como en el verso de García Lorca: “Fue una experiencia inolvidable, quedé fascinado por el país”, asegura. Y, como todo enamorado que se precie, en cuanto volvió y pisó suelo granadino se dio cuenta de que la nostalgia era un sentimiento que no entiende de patrias, o no siempre, al menos.

Era 2013, y, ya en prácticas, volvió al país que Neruda amaba mucho. Casi nueve meses en Poitiers le sirvieron, además de para aliviar la morriña, como fuente de diversificación profesional: “Trabajaba para la Dirección Departamental de Territorios, una entidad pública semejante a las diputaciones españolas”, recuerda. Durante ese periodo se formó como gestor de Fondos Europeos para el Desarrollo Rural y gestó la prehistoria de su trayectoria profesional: “Mi tarea consistía en dar apoyo jurídico y técnico a responsables de proyectos en sus demandas de subvención, que a su vez instruía y gestionaba”, aclara Jiménez.

Concluyeron las prácticas, pero las ganas de continuar en Francia se mantuvieron inalterables. Y no iba mal encaminado, habida cuenta que, once días después, ya formaba parte del Grupo de Desarrollo Rural de la Cuenca de Bourg en Bresse —entre Lyon y la frontera suiza—, como gestor del programa Leader en ese territorio: “Fue otra de mis experiencias maravillosas, me enriquecí mucho profesionalmente, pero sobre todo me empapé de la cultura francesa”, celebra el arjonero, que encontró allí, a más de un sentido laboral a su audacia, un grupo de amigos “increíbles”. Fueron dos años que lo marcaron, pero que no pudieron con su carácter inquieto: “Decidí cambiar de aires y trabajar para otro territorio. Aterricé en Grenoble —capital de los Alpes— y estuve allí seis meses antes de ser trasladado a Clelles, un pequeño municipio de seiscientos habitantes”, cuenta.

Un destino en plena naturaleza que, por ahora, lo convence: “La vida aquí es de ensueño, rodeado de montañas, aire puro, comida sana...”. ¡Qué más puede pedir quien asegura que la verdadera felicidad no consiste en ganar más dinero, sino en disponer de más tiempo para sí mismo! Ahorro en tiempos de desplazamiento, ratos libres, grandes ventajas... “En general, estos cinco años en Francia han sido únicos, es un país increíble donde he aprendido mucho como profesional y persona”, concluye, satisfecho, Manuel Jiménez.