Hace más de treinta años, España perdió una de sus especies más emblemáticas y llamativas de su fauna: el quebrantahuesos. Sin embargo, este ave rapaz, que puede llegar a medir tres metros de punta a punta de sus alas, volvió a la vida gracias a los esfuerzos de organizaciones como la Fundación Gypaetus, que lucha, desde el 2000, por su reintroducción y conservación de este animal en la provincia jiennense y en Andalucía en el entorno natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas.

El gris de sus ojos al nacer es sustituido por un color amarillo rodeado de rojo intenso cuando son adultos. Sus plumas, una amalgama del blanco de su cuerpo y el negro de sus alas. El quebrantahuesos es una especie de buitre-águila. De sus “primos” comparte ser una especie necrófaga, aunque su cabeza totalmente emplumada hace que se diferencie —de manera sobresaliente— de especies como el buitre negro, y una capacidad de vuelo muy parecida a la de las águilas, aunque planea mucho menos que estas. Su gran envergadura, puede llegar a los tres metros de punta de ala a punta de ala, la convierte en una de las mayores aves necrófagas que hay en Andalucía y en la Península Ibérica. Su régimen alimenticio se compone, casi exclusivamente, de huesos. Un estómago con un PH muy bajo, cerca del 1, es el que le permite digerirlos y, de este hábito, es de donde procede su nombre: quebrantahuesos, ya que, según explica Rafael Arena, presidente de la Fundación Gypaetus, los grandes huesos que no pueden tragarse (algo raro, ya que tienen una boca muy amplia) los cogen, los llevan a una zona rocosa y, desde gran altura, los tiran para que se partan.

Fue en 1986 cuando este ave se dio por extinguida en la península. Una noticia que llenó de conmoción a muchos colectivos naturalistas. Sin embargo, diez años después, se comenzó a trabajar para recuperar la imagen de este animal surcando los cielos y, en 1996, se inauguró el primer centro de cría, dando, como resultado, que en 2006 se liberasen los primeros ejemplares en España. Así, con un trabajo constate de las diferentes fundaciones que lucha por su conservación, hasta la fecha, se consiguieron liberar un total de 53 ejemplares. Cifra en la que se incluyen los cuatro que se liberaron este año y que ya vuelan por toda la Península Ibérica. Rafael Arenas indica que, de estos 53 quebrantahuesos, tuvieron una mortalidad de 16. De ellos, 7 murieron por veneno, 2 por plumbismo (la alta concentración de plomo que está en el medio natural, a través de micro partículas en el alimento, hace que, al ser el plomo muy parecido al calcio, lo sustituya en los huesos y provoquen una enfermedad mortal), uno fue por una infección hepática, otro por una infección púbica provocada por una inmunodeficiencia de la que desconocen la causa, un solo ejemplar por disparo de escopeta en Albacete y el resto fueron por causas que también son desconocidas, aunque piensan que también podrían estar relacionadas con temas de veneno. Asimismo, Arenas expone que la mayoría de las muertes se produjeron en la primera etapa, sobre el año 2011. “Desde entonces, hasta ahora, se redujo la mortalidad por veneno en un 50%, y en la actualidad tenemos 34 ejemplares volando. Algunos están en Pirineos, otros en Picos de Europa, en Gredos...”, declara el presidente de la Fundación Gypaetus.

Para recuperar, Rafael Arenas señala que primero hubo que hacer muchos estudios de la viabilidad para comprobar si el entorno de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas tenía las condiciones idóneas para poder albergar de 12 a 15 parejas reproductoras. Así como averiguar qué llevó a la especie a desaparecer en un primer momento y si esto se debía al problema del veneno. Por ello, apunta: “La fundación, en colaboración con los cazadores y ganaderos de la zona, lograron reducir el veneno y, por tanto, el programa comenzó a tener el resultado que está teniendo actualmente”. Ante esto, Arenas expone que, en el año 2015, se produjo la primera reproducción en libertad de la que nació un pollo 30 años después de que se diera por desaparecida esta especie en España. Los buenos datos continuaron hasta el 2017, año en el que se establecieron dos parejas que también tuvieron un pollo. Una de las parejas es Tono y Blimunda, que fue la primera que se estableció, y la segunda es Hortelano y Marchena. “Este año, las dos parejas volvieron a sacar un pollo adelante, que todavía están en el nido y aún no han volado, pero pronto darán el salto y lo harán”, subraya Rafael Arenas. Además, el futuro del quebrantahuesos bien parece que toma forma, pues el presidente de la fundación cuenta que tiene otras dos parejas en formación, es decir, que están en un territorio muy concreto. “Son un macho y una hembra que están casi siempre juntos. Así que esperamos que el año que viene podamos dar la noticia de que están emparejados, que han construido su nido y, si hay suerte, alguna noticia más”, añade Arenas.

La maduración sexual del quebrantahuesos es uno de los principales problemas que se le presentan a la Fundación Gypaetus para la recuperación de la especie. Esto se debe que este ave tarda entre seis y nueve años en alcanzar la madurez sexual. Sin embargo, Rafael Arenas puntualiza que tienen una hembra de cuatro años y medio que fue capaz de reproducirse con un macho mucho más mayor. “Creemos que es porque no ve ninguna competencia y parece que se ha adelantado un poco”, expone. Los procesos en esta especie son muy largos. Tanto es así, que pollo que haya nacido este año ha de esperar de seis a nueve años para poder formar una pareja y reproducirse. Sin embargo, durante sus primeros años, volará prácticamente por toda la Península Ibérica, lo que supone que estará sujeto a muchas probabilidades de que le ocurra algo. Pero, si consigue superar todas las adversidades, volverá a Cazorla para criar. Esto se debe, principalmente, a la filopatría, “una cuestión en el comportamiento de los animales que hace que vuelvan al entorno donde nacen porque, si ellos nacieron en ese sitio y salieron adelante, reconocen que ese lugar es bueno para criar. Esto no quiere decir que vuelvan al mismo nido, pero sí al entorno”, explica Rafael Arenas.

Para conseguir que la filopatría se impregne, con más fuerza, en el comportamiento de los quebrantahuesos jiennenses y para que crezcan fuertes y sanos, la Fundación Gyapetus realiza un sistema que comienza cuando los pollos tienen solo 90 días, momento en el que también son presentados a la sociedad. Con esta edad, los polluelos todavía no tienen la capacidad de volar ni de reconocer el lugar donde están. Así que son llevados a unas cuevas que simulan un nido de quebrantahuesos, donde se les alimenta desde el exterior a través de unos tubos para que no vean a las personas y, cuando tienen capacidad de volar, comienzan a hacerlo. “Durante esos últimos 30 días (un quebrantahuesos comienza a volar en torno a los 120), adquiere a reconocer el sitio y su nido. Por ello, cuando son adultos, vuelven, otra vez, a los lugares donde nacieron para reproducirse”, aclara Arenas. De esta manera, ya no es solo el Fénix el ave que resurgió de sus cenizas para volver a la vida. El quebrantahuesos al ecosistema de la Península Ibérica, pero esta vez lo hizo con alma e identidad jiennense.

En 1986, el
ave se dio por extinguida en
la península ibérica. Diez años después se inauguró
el primer centro de cría

Tono y Blimunda es la primera pareja que se estableció. Le siguieron Hortelano y marchena