Un hombre en constante reinvención. La “etiqueta” define a la perfección a Martín Montenegro Cabrera, un bailenense nacido en el año 1981 que, desde el pasado verano, no ve los olivos jiennenses de su tierra ni ni el mar que baña la patria chica de su esposa, Mavi. ¿El motivo? Un corazón que no le teme a las decisiones difíciles y un alma viajera que hace de este licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Jaén todo un aventurero: un hombre en continuo “reciclaje” —nunca mejor dicho, dada su formación académica—, al que no le dolieron prendas para, con una trayectoria cada vez más asentada como técnico de Medio Ambiente en su pueblo y en Madrid, marcharse a Málaga y comenzar de cero, laboralmente, en el mundo de la regularización catastral.

La capital de la Costal del Sol lo enamoró y, al mismo tiempo —“donde fueres, haz lo que vieres”, dice el refrán—, cayó rendido a los pies de una boquerona que entró en su vida con un billete de avión bajo el brazo. Mavi, decidida a cruzar el Charco y a desarrollar su vocación docente en Estados Unidos, “tiró” de él y lo convirtió en el profesor de apoyo para niños con dificultades de aprendizaje que es a día de hoy —“el amor, que mueve el cielo y las estrellas”, escribió el gran Dante Alighieri—.

Dejaba mucho a orillas del Mediterráneo: “Una bonita casa junto a la playa de Marbella”, estabilidad, amistades y su “zona de confort”. Pero ya no había vuelta atrás —asegura— después de “un viaje de treinta y seis horas, tres escalas y cuatro aviones” que los llevó a Tulsa, en Oklahoma, “en pleno centro sur del país y en el corazón de la histórica ruta 66”.

Mavi comenzó a dar clase en un colegio y a cumplir, de esta forma, su sueño americano, pero la situación del bailenense no era, precisamente, la de un “conquistador” español a la manera de los que encontraron fortuna en tierras americanas hace siglos; tanto es así que, sin trabajo ni el permiso oficial para conseguirlo, se afanaba en ayudar a su esposa a decorar el aula y prepararla para que los pequeños estuvieran en el mejor de los ambientes —seguro que, en muchas ocasiones, utilizó material reciclado para ello—; ¿quién iba a decirle que el mismo lugar que donde lograba evadirse de su realidad laboral se convertiría, muy poco después, en su nuevo centro de trabajo? Dicho y hecho: “La escuela me ofreció ser voluntario y ayudar en lo que necesitaran, comprometiéndose a contratarme una vez que tuviera el permiso”, recuerda Martín Montenegro.

Tres meses después de esta promesa, el licenciado en Ciencias Ambientales que trabajó como técnico medioambiental, se reinventó en el ámbito de la regularización catastral y se convirtió en el “ñapas” de un centro escolar de Oklahoma veía recompensados todos sus esfuerzos y ejercía ya oficialmente, tan lejos de su Bailén natal y de su añorada Málaga, en su nueva ciudad. Nueva, sí, pero “familiar” en cuanto a vientos —Goethe los comparaba con el destino del hombre—, que si los de la provincia jiennense son famosos cuando dicen de soplar, los que azotan Tulsa no tienen nada que envidiarles, auténticos tornados en ocasiones tristemente mediáticos, por las desgracias que generan—. Un mal rato, sin duda, que el trabajo que Martín Montenegro realiza “con niños, principalmente, de México” le ayuda a superar: “Es duro a veces pero, a su vez, muy gratificante. Sientes que estás haciendo una buena labor y el saludo y la sonrisa de tus alumnos es la mejor recompensa”, apostilla el bailenense.