A pesar del tiempo tan duro que hace aquí, sobre todo en invierno, cuando la lluvia hace acto de presencia casi diariamente, Dublín es una ciudad pequeña, con una gente muy acogedora”. Así describe su nuevo destino Rafael López Morales, un jiennense muy arraigado en Pegalajar que, desde el pasado mes de febrero de 2017, desarrolla su pasión y su profesión —la cocina— en la tierra natal de Oscar Wilde.

Algo tiene la capital irlandesa que a nadie deja indiferente —“cuando yo muera, Dublín estará escrito en mi corazón”, escribió James Joyce, otro ilustre vecino de las orillas urbanas del río Leffey, corriente fluvial de ciento veinticinco kilómetros de camino hacia el mar de Irlanda que, para el protagonista de hoy, hace las veces de “su” añorada y entrañable Charca. Estudió en la Escuela de Hostelería Gambrinus y se estrenó como cocinero en Almería, en el Restaurante Alejandro, poseedor de una Estrella Michelín: “Fue una gran experiencia que nunca olvidaré”, sentencia López. En ese local creció como chef, y cargado de ilusión y nuevos conocimientos recaló en el Hotel Condestable Iranzo de la capital jiennense con galones de jefe de cocina, su “último trabajo en España” antes de dar el paso trascendental de dejarlo casi todo para desarrollar su vocación.

“Mis hermanos viven aquí desde hace unos años, y en mi primera visita me di cuenta de que era una ciudad multicultural, donde hay mucha gente joven de todas las partes del mundo”, afirma, y añade: “Cuando hablaba con mis hermanos, me contaban sus anécdotas y viajes, y mis ganas de aprender nuevas técnicas de cocina me hicieron comprender que, por muy difícil que me resultara, tenía que dar el paso y seguirlos, dejar mi tierra”.

Los comienzos no fueron muy del todo halagüeños pero, finalmente, el paso de los días le descubrió un espacio por escrutar: “Al principio, en el mundo de la cocina me pareció que Irlanda no tenía nada interesante que proporcionarme, pero al poco tiempo me di cuenta de que sí, porque al haber tantas culturas mezcladas en una ciudad, esto te ofrece la posibilidad de aprender comidas de todo el mundo, y eso era lo que yo quería, crecer como profesional”. Y como bilingüe, que nada como chapurrear el inglés, a todas horas, para dominarlo por completo.

Así, a base de renuncias, añoranza y esfuerzo, este “Ulises” jiennense encontró su Ítaca en la capital de Irlanda, en forma de restaurante: “Trabajo en el centro, como subchef, donde intercambio conocimientos con chefs de muchos lugares del mundo y donde doy siempre a conocer nuestro ‘oro líquido’, que tan importante es para mí y que la gente se queda sin palabras cuando lo prueba”, atestigua.

Ha conseguido, entonces, Rafael López Morales no solo situarse profesionalmente en una parrilla de salida que le promete un lugar de honor en el podio diario de los cocineros, sino convertirse, incluso, en todo un embajador de su patria chica, que lleva a gala en la banda sonora de su acento.

Tiene veintiséis años, una edad en la que, muchos, todavía andan de la mano, pero acumula tanta experiencia, tanta vivencia —multiplicada por la lejanía— que, cuando vuelva para quedarse —si vuelve—, quienes se sienten a la mesa de ese restaurante que sueña abrir en el Santo Reino degustarán mucho más que un menú. Más de 2.600 kilómetros de tierra y agua lo separan de la provincia en la que abrió los ojos por primera vez, pero ninguna distancia es tan larga para un biennacido como para olvidarse de los paisajes de su memoria.