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02/12/2018

El color de las cosas de Italia no es el mismo que en otros lugares, o eso, al menos, le parecía a Henry James, el autor de “Otra vuelta de tuerca”, una historia de amor y fantasmas cuyos tintes lúgubres, propios del paisaje victoriano, quizá despertaron en el escritor una cromática capacidad de asombro que encontró en la patria de Miguel Ángel su “capital”.

Como James —aunque ciento veinte años después de publicar su obra maestra—, una ubetense nacida de 1984, Aránzazu Torralba Consuegra, reinterpreta la sentencia del novelista y, desde el paraíso natural en el que vive, a más de 1.650 kilómetros de su provincia natal, confiesa: “Hace muchísimo frío y llueve durante semanas seguidas sin parar, no me imaginaba cuánta agua se necesita para que todo sea tan verde”. Esa tonalidad que llamó su atención en cuanto puso el pie en el Piamonte y que relacionaba con el mal tiempo es, a día de hoy, uno de los valores que, si al principio relacionaba con el mal tiempo, se ha convertido en una ventaja: “Aprendí que la lluvia puede ser muy divertida, basta ponerse unas botas de agua e irse a saltar charcos”, celebra.

Su historia es la de una “curranta” que encontró en el contacto directo con el cliente la horma de su zapato, hasta el punto de que los kilómetros jamás le supusieron problema si se trataba de ponerse detrás de una barra: “He trabajado siempre en la hostelería y amo mi trabajo, me encanta conocer gente nueva cada día y que me cuenten sus historias”, asegura, y añade: “Trabajaba en Formentera y allí aprendí un poco de italiano; el siguiente verano, mientras buscaba trabajo en la provincia de Cádiz, encontré a ‘mi italiano’, mi media naranja, en una playa de Conil. Y con ese nombre, Arantxa, que en los labios de un habitante del país de la bota suena a Arancia —traducción italiana de la media fruta en cuestión...—, pues “el sabor del amor” fue una explosión instantánea que, al cabo de dos años, derivó en una proposición trascendental —y no se trataba de contraer matrimonio—: trasladarse a vivir juntos a la tierra de su chico. Dicho y hecho, y lo que, en principio, era para unos meses va ya por ocho añazos en la provincia de Novara, en el lago Maggiore, a una hora de los Alpes: “Abrimos un café en Colazza en 2016 y aquí seguimos”. Está satisfecha, pero no siempre fue así: “Los primeros tiempos fueron muy difíciles para mí, me costó mucho adaptarme”, recuerda, mientras apostilla: “Cada día más contenta de mi decisión e integrada en la comunidad”.

Como Henry James, al que le bastó la niebla británica para amar la luz de Italia, Aránzazu Torralba encontró un motivo que le hizo redescubrir su nuevo destino, que describe con exuberancia: “En 2014 nació mi hijo, Unai, y no fue hasta entonces cuando empecé a apreciar este sitio, rodeado de bosques y lagos y donde mi hijo puede ir en bicicleta por la calle o jugar descalzo en el parque, es un sitio muy tranquilo”, aplaude, y agrega: “Aquí estoy muy bien, me gusta abrir la puerta de casa y estar en el bosque, dar paseos, y sobre todo lo limpio que está todo no porque limpien mucho, sino porque la gente no ensucia, son muy cívicos.

Está claro que esa capacidad suya para enamorarse se ha empleado a fondo donde ahora reside, pero no tanto como para olvidar lo que añora de su patria chica, su provincia, su región y su país: “Echo de menos muchas cosas de mi tierra, sobre todo la alegría de la gente, las tapitas del bar, los precios..., y el jamón, aunque parezca un tópico”, concluye. Menos mal que su madre, que la visita con frecuencia, lo hace muy bien acompañada de eso que tiene tocino y acaba en forma de pezuña.