El aire comienza a refrescar en la sierra y los brotes verdes ya se mojan con las primeras gotas de lluvia. La naturaleza vuelve a la vida después de la época estival y una de las señales más evidentes es la berrea de los ciervos, la cual rompe la usual tranquilidad del entorno natural con bramidos que pueden llegar a escucharse hasta a varios kilómetros de distancia.

Este momento único en la naturaleza demuestra que los animales no necesitan de reloj, fecha o agenda. Se guían por el instinto, por ese sentido innato que no necesita de “matches” en aplicaciones. Así, los parajes de la sierra jiennense se llenan de los bramidos de los ciervos, pues su época de celo comienza en los meses de septiembre a octubre, cuando las primeras lluvias llegan a la montaña y los días del otoño se acercan, cada vez más, en el calendario. Este año, tras un verano no especialmente caluroso y las intermitentes lluvias durante el mes de agosto, parece que algunos ejemplares ya comenzaron su característico cortejo desde hace algunas semanas “de manera puntual”, explica Francisco Martín, gerente de Iberus Medio Ambiente. Así, el comportamiento de los ciervos cambia totalmente durante esta etapa. “En el verano, están prácticamente siempre escondidos. No se suelen dejar ver y cuesta trabajo localizarlos. Pero, cuando empieza la berrea, son muy visibles, ya que salen a buscar aparearse”, expone Martín, quien apunta que en esta época se dirigen de los bosques a zonas abiertas y llanas para reunirse con más ejemplares.

Ellas mandan. Son las hormonas de las hembras (estrógenos) las que, según afirma, hacen que los machos busquen los harenes que se encuentran en su territorio (el cuál puede medir de 15 a 30 hectáreas) para aparearse. Para ello, emiten sonidos guturales (conocidos como la berrea), los cuales, según su potencia, denotan el tamaño y determinación del ciervo macho. Los ecos de sus llamadas son especialmente audibles al amanecer, así como cuando cae la tarde. Este sonido es tan importante para un macho que, si su reclamo resulta ser el más escuchado, puede llegar a aparearse hasta con 50 hembras. Francisco Martín apunta que, antes, se pensaba que eran los machos los que entraban en celo y buscaban a las hembras, sin embargo, detalla que es todo lo contrario: “La hembra entra en celo, segrega estrógeno, los machos lo huelen y empiezan a berrear para llamarlas”.

Los ciervos son animales territoriales. Este suele ser el principal motivo de disputa entre los machos durante esta época, ya que aquellos ejemplares que no sean dominantes acudirán también a los harenes de hembras para aparearse, por lo que la principal actividad del macho dominante se centra en proteger su territorio para que estos no lleguen a copular con sus hembras. Sin embargo, Martín aclara que, normalmente, “no se suele dar la típica imagen de los ciervos chocando las cuernas. Solamente se chocan cuando los dos machos son muy parecidos y cuando el que no es dueño del territorio cree que podría arrebatarle el dominio al macho territorial. Si es un macho más joven o más débil ni siquiera lo intenta, porque sabe que no va a ganar la pelea”. Por este motivo, el experto indica que muchos de los que acuden a la sierra a observar la berrea salen “defraudados” al no ver como chocan las astas dos ciervos, ya que no saben que estas peleas no suelen ocurrir con tanta facilidad en la naturaleza. Aunque, según comenta Martín, los machos no son los únicos territoriales. Subraya que las hembras también lo son y que viven en grupos formados por sus familiares: abuelas, madres, hijas o nietas. Esto hace que, cuando el macho se aparea, lo haga, así mismo, con su propia progenie, lo que deriva, en muchos casos, en problemas de endogamia y consanguinidad. A pesar de esto, el ciervo sigue siendo una de las especies más abundantes en las sierras jiennenses, ya que el único “depredador” que tiene es el hombre. Y, sobre esto, Martín sostiene que se cazan menos ciervos anualmente de los que nacen, “con lo cual siempre hay mayor densidad”.