Actualizado
domingo, 04 diciembre 2016
23:07
h
URGENTE

Con las cuentas del alma

Ver comentarios

Más que una banca de proximidad, aquella de los años sesenta en los pueblos era de vecindad. Cuatro o cinco empleados, y el director, para atender a la clientela. Del titular de la cuenta se conocía algo más que sus números, prácticamente toda su vida. No puede imaginarse atención tan personalizada, incluso a domicilio. En la casa del director un cliente golpeaba la puerta con la aldaba, apurado, para pedir dinero por un viaje imprevisto. Uso y costumbre para emergencias de este tipo cuando el cajero automático y el dinero de plástico no estaba en el imaginario colectivo, ni en el de aquellos profesionales que ejercían el oficio con artesanía. Todo a mano, con cabeza y experiencia. Rapidez y precisión para contar el dinero en el mostrador, buena letra y mejor cabeza para los cálculos.

El primer peldaño del escalafón era para el botones. Así comenzó en la Caja de Ahorros de Granada, oficina de Mancha Real, su pueblo, José Boyano Martínez. Con 16 años, en 1965, aprobó las oposiciones. Entre las pruebas, comenta sonriendo, sumar a mano varias columnas de cifras. La contabilidad se hacía en hojas de kalamazo apiladas una a una y cosidas a las tapas duras del libro por dos tornillos con tuerca de mariposa.

Hijo de José Boyano Pérez, ebanista de la mejor tradición del municipio, y de Juana Martínez Martínez, tuvo que dejar los estudios de forma regular por el trabajo, aunque los fue compatibilizando hasta terminar su formación primero como Graduado Social y después técnico superior en Relaciones Laborales por la Universidad de Alcalá de Henares, complementados con estudios de Derecho. Aquel botones, que lucía uniforme con pantalones cortos, acabó por ganarse la confianza de la Caja. No se entiende de otra forma esta intensa carrera profesional. Su primer director, Juan Martínez, ya le llevaba a Jaén montado en la trasera de una moto para cobrar cheques de la cooperativa olivarera, y de otros clientes, en los bancos. Un día le tocó en el reparto de la tarea ir al Banco Central. El cheque era de unos 13 millones de pesetas. El director del Central lo miró, se cercioró de su edad y sentenció: “Hasta que no venga tu director no hay nada que hacer”. Dicho y hecho.

—Volvimos a Mancha Real en la moto con los millones en la cartera–, concluye mientras sonríe otra vez recordando aquel día.

No titubea; recuerda fechas y circunstancias con orden y concierto, como si estuviera analizando un balance del que quiere ir más allá de los números. No fue fácil, ni siquiera el día de su boda. A las cuatro de la tarde (la cita en la iglesia era a las siete en punto) estaba todavía cuadrando nóminas de los funcionarios de Educación y Ciencia. La Caja era la encargada por convenio de elaborarlas, a mano claro está.

—Me dijo el director que si no terminaba no me casaba—, comenta divertido la anécdota.

Ya estaba en Jaén. Había llegado a la capital como oficial de primera con 21 años para trabajar en la oficina principal de la Plaza Coca de la Piñera, la única abierta en aquel año de 1970. En 1983 ya era director de esa oficina. Antes había sido interventor y responsable de los servicios administrativos generales de Jaén. En 1995 se produce un salto importante en su carrera como ejecutivo de banca. Le nombran director territorial del Área Externa de la Caja, toda la red menos Granada y Jaén, además de Madrid y Barcelona. Un año después y hasta 1997 fue director territorial de Granada y seguidamente fue nombrado coordinador de toda la red de sucursales de la Caja.

Fueron cinco años de viaje continuo en los que enlazaba aeropuertos con carretera desde Granada a Madrid, Barcelona y vuelta por Almería. Los fines de semana eran para la familia, su mujer María Antonia y sus dos hijos, José Alfonso y David. Uno trabaja en el Banco de España y el otro es profesor en Cazorla. María Antonia, y jubilada como él, fue funcionaria del Ministerio Agricultura.

Le pregunto primero si mereció la pena ese esfuerzo.

—Pese a todo mereció la pena–, asegura sin sombra de duda, aunque reconoce que fue duro.

Y luego si alguna vez pensó en decir que no. Precisamente no estaba en su código de conducta, de vida. Su padre, aquel ebanista de Mancha Real, le dejó claro que debía conducirse con humildad, honradez y generosidad. Explica nuestro personaje un cuarto mandamiento que ha sido y es determinante para José Boyano en el trabajo.

—La responsabilidad, me decía mi padre. Cuando asumas un cargo procura hacerlo con el máximo esfuerzo y perfección—, explica.

Y así hasta su jubilación en el año 2009 en el que dejó de ser director territorial de Jaén, cargo para el que había sido nombrado siete años antes. Aquel 31 de diciembre dejó de ocuparse de las cuentas corrientes para ocuparse de aquellas otras que tienen que ver con el alma y las condiciones de vida de las personas a las que por unas u otras circunstancias la vida les golpea donde duele.

Gabriela Martínez era la abuela de José Boyano y tenía una panadería en el pueblo, Mancha Real. Mujer de principios, ayudaba con el pan a vecinos que lo necesitaban en los años extremadamente duros de la posguerra.

—Me dije que seguiría el ejemplo de mi abuela—, explica para argumentar por qué y cómo se embarco en la Cruz Roja.

Antes de jubilarse ya había aceptado pertenecer a la comisión andaluza de finanzas de la organización no gubernamental a petición del presidente provincial Javier García Villoslada. El nombramiento de Villoslada como presidente regional le llevó tras presentarse a las elecciones a la presidencia provincial de Jaén, cargo que ostenta ahora. Es también vicepresidente autonómico, miembro de la Mesa del Tercer Sector de Andalucía, plataforma integrada por seis de las grandes del sector: Cáritas, Secretariado Gitano, la ONCE, EAPN Andalucía, Cermi (la entidad que aglutinas las organizaciones con trabajan con los discapacitados) y Cruz Roja. Atiende entre todas a 1.800.000 personas en la comunidad. Ofrece más datos para perfilar la envergadura del compromiso adquirió por estas entidades. En Jaén, el año pasado, Cruz Roja atendió a 48.000 personas. Compromiso en el que se empeñan 3.150 voluntarios y 12.000 socios. Eso que llamamos el músculo de la sociedad civil.

En Cruz Roja José Boyano afrontó necesariamente nada más hacerse cargo de la presidencia su reestructuración e impulso. Compagina además su participación en la mesa de diálogo del Tercer Sector con la Junta y con su pertenencia a la comisión de presupuestos, contrataciones e inversiones de Cruz Roja nacional. No tiene dudas a la hora de corroborar los datos sobre condiciones de vida de las personas en situación más vulnerable que se publican y que generan debate.

—Siempre digo cuando me pregunta que la situación general mejorará cuando mejoren las condiciones de vida de estas personas—, sostiene con seguridad.

Los datos dicen que ahora la demanda de alimentos es menor pero que se mantiene alta para los mínimos vitales de gas, agua y luz, que muchos no pueden pagar. El trabajo es ingente. Elogia en este sentido al voluntariado y su formación y a los socios y su fidelidad como pilares de la organización. Y sus programas. En este sentido valora el que desarrollan para la inserción laboral con empresas para personas en situación de vulnerabilidad. El 30% de los 869 que han realizado el ciclo completo de información, formación y capacitación han encontrado trabajo. Lo mismo que el programa de atención a mayores y su envejecimiento activo; y el del voluntariado digital. No obstante, lo que más le preocupa es la infancia, sus condiciones de vida “y especialmente el absentismo escolar. En este programa trabajan 210 voluntarios. En muchos municipios alcanza del 5 al 6% y han logrado reducirlo al 1%.

Subraya finalmente una frase de una niña atendida en este programa en Cruz Roja, durante la merienda, que define la situación y mueve a la reflexión.

—Así le enseño a mi papá y a mi mamá a leer y escribir...