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martes, 23 octubre 2018
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URGENTE

“Jaén es algo que no se borra, algo que se queda contigo”

Javier Quesada
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Este sacerdote de Jaén fue uno de los pioneros en llevar un centro del Opus Dei a Rumanía, ciudad donde empezaron creando un centro cultural y donde, con el tiempo, también abrieron un campus universitario para los jóvenes estudiantes

Por un giro del destino, Javier Quesada, natural de Jaén, acabó cruzando la frontera de Rumanía para convertirse en párroco de la comunidad católica española en Bucarest, donde, tiempo después, también pasaría a ostentar el cargo de capellán del Campus Universitario Stejarul, una iniciativa educativa de personas del Opus Dei en Bucarest.

—¿Cuál fue el objetivo por el que se marchó a Rumanía?

—Me fui a Rumanía para construir un centro del Opus Dei porque todavía no había llegado a los países del este de Europa, ya que había estado bajo el “telón de acero”. Entonces, junto con otros laicos, fuimos a abrir un centro cultural del Opus Dei para hacer actividades con todo tipo de personas y, más tarde, conseguimos abrir un centro universitario, que en España sería como un colegio mayor. Ahora, poco a poco, se va llenando. Es un edificio que está pensado para tener actividades culturales, ponencias, charlas de formación cristiana... El campus se abrió hace unos ocho meses y ya han llegado algunos estudiantes. De hecho, tenemos seis actualmente, pero hay una capacidad de dieciséis. Es muy bonito porque hay gente de distintas religiones. Rumanía es un país donde, sobre todo, hay cristianos ortodoxos, que son la mayoría en el colegio. Pero también han venido musulmanes, de Yemen, y también un católico. En Rumanía hay católicos, aunque sea una minoría, un 15%. Es precioso convivir con gente de otras religiones y otras culturas en un sitio donde puedes hacer amigos.

—El campus fue el último proyecto, ¿cuál fue su origen?

—Ha sido una iniciativa que llevamos a cabo los que llegamos del Opus Dei con algunos amigos que son cooperadores del Opus Dei en Rumanía. La idea principal es ayudar a los universitarios en su cultura y a que los años de estudio no sean solo algo para sobrevivir. Muchos rumanos también trabajan mientras estudian o solo estudian pensando en salir de Rumanía, porque allí la crisis económica se siente continuamente. Tenemos muchísimos jóvenes que se van y queremos dar una formación cultural y humana a los universitarios durante sus estudios. Así, surgió esta idea, que ya existe en España, de los colegios mayores, que proponen un ambiente donde hay una posibilidad de conocer a los otros estudiantes y tener un ambiente familiar. Poco a poco, la gente ha respondido y se han quedado impresionados porque es algo que no es común en Rumanía. Además, a todos los que vienen les encanta el ambiente de libertad que hay. Cada uno tiene sus creencias y ofrecemos actividades como ir a misa (para aquel que quiera) o una meditación sobre la palabra de Dios. A parte, también hay conferencias semanales, a las que invitamos a un profesional a que cuente su experiencia (a esto si pedimos que vayan obligatoriamente, para mejorar su cultura). Allí, ayuda mucho la convivencia, porque muchas de las cosas que organizamos son en común, como las comidas. Esto enriquece mucho a la gente joven, que es fácil que se dispersen o que no atiendan a los estudios.

—Fue, entonces, uno de los pioneros en este sentido, ¿fue fácil el camino que recorrió?

—Paradójicamente, Rumanía da un poco de miedo, pero cuando llegas te sientes muy seguro. Es un sitio donde no hay violencia por la calle, donde te acogen muy bien y la gente es muy hospitalaria. Allí, reciben muy bien al extranjero. Le lengua que usan es romance, de origen latino, y es parecida (escrita, porque oída suena muy raro, se parece más al polaco o al ruso). Hay una conexión entre Rumanía, Italia y España. Son países que tienen una cultura común, porque Rumanía fue conquistada por Trajano. Entonces, los romanos romanizaron ese pueblo y quedó una cultura común que aún se nota hoy día.

—Entonces, no le costó mucho adaptarse realmente, ¿no?

—Fue un reto que, poco a poco, conseguí. Intenté seguir los consejos que nos habían dado el prelado del Opus Dei, el monseñor Javier Echevarría, que ya había impulsado a otras personas como nosotros que fueron otros países por todo el mundo. Una de las cosas que aconsejaba era que nos hiciéramos a las costumbres del país. De hecho, monseñor Javier Echevarría, nos regaló las obras completas del músico nacional rumano, que es George Enescu (el compositor más conocido de todo el país) y fuimos ya allí escuchando la música rumana. Además, también empezamos a estudiar rumano, que lo hablábamos muy mal. Pero, cuando nos escuchaban chapurrear sus lengua, se sentían conmovidos. Entonces, fue difícil pero, gracias a todos ellos, poco a poco, nos adaptamos y ahora somos como hermanos.

—¿Hacía mucho que no volvía por Jaén, su tierra natal?

—Había estado, pero haciendo el Camino de Santiago. Entonces, volver a mi tierra ha sido una emoción muy grande. Ver la Catedral, la Virgen de la Capilla, tomar aceite de aquí... Echaba de menos mi tierra, porque Jaén es algo que no se borra, algo que se queda contigo y que imprime coraje.

—¿Cómo evoluciona la asociación que creó en Rumanía para aquellos que quieran hacer el Camino de Santiago?

—Esto fue una cosa que salió de forma espontánea. Hace tres años, me fui a hacer el Camino de Santiago con un grupo de amigos de Rumanía. Yo había estado solo una vez en Santiago de Compostela, cuando estuvo allí el Papa Juan Pablo II, en el año 1989. Allí había un millón de personas y no pude entrar, desgraciadamente, en la Catedral, a darle el abrazo a la estatua de Santiago y me quedé con las ganas de volver algún día. Pero, luego, la vida transcurrió por otros correderos y acabé en Rumanía. Así, hablando con otros amigos, nos propusimos hacer esta peregrinación que es tan peculiar. Caminas durante cientos de kilómetros por la meseta en Galicia. Con estos amigos, llegamos hasta Santiago y estábamos felices. Fue una experiencia inolvidable: la solidaridad, la paz, la penitencia (porque acabamos con los pies llenos de cayos)... Fue algo que nos removió mucho y, a la vuelta, queríamos promocionar esta experiencia que habíamos vivido. En Santiago conocimos a un profesor, que está jubilado y que se llama Mario Claveil, que nos aconsejó que podíamos hacer una asociación, un grupo de cultura jacobea. Y así lo hicimos. Empezamos a interesarnos para formar una asociación, pero la burocracia en Rumanía es, desgraciadamente, muy complicada. Entonces, fue un calvario. Tuvimos que estar un verano entero, con el sol rumano (que es algo también imponente, como el de Jaén) y, al llegar el otoño, gracias a Dios, conseguimos fundar la asociación. Fue, prácticamente, medio año en el que no sabíamos que iba a pasar.

—¿Quedan rastros del Camino de Santiago en la cultura rumana?

—Sí. Se dio la casualidad de que uno de mis vecinos en Rumanía era un catedrático de Geografía que había hecho decenas de veces el camino. Y, además, el tenía el deseo que estar jubilado y hacer, algún día, una asociación. Y, resultó, que como ambos queríamos lo mismo, junto con él, empezamos a investigar (que es uno de los fines de nuestra asociación) los signos y señales que quedaron del Camino de Santiago en Rumanía. Así, encontramos muchas iglesias con el nombre de Santiago, muchas estatuas de Santiago Peregrino y, sobre todo, hallamos algunas vieiras que habían traído otros peregrinos que, en su día, en la Edad Media, fueron de Rumanía hasta Santiago y fueron enterrados con las vieiras colgadas en el cuello. Este es uno de los símbolos jacobeos indudables que demuestran que el Camino de Santiago también está en Rumanía. Además, cada día son más los rumanos que hacen el camino (cada año, unos quinientos). Queremos que algún día se pueda hacer también esa parte del camino que hemos encontrado.

—Entonces, ¿hay cultura de peregrinación en Rumanía?

—Sí, y muy importante porque, siendo un país ortodoxo, allí hay muchos monasterios y la gente va mucho a ellos. Sin embargo, iban más bien hacia Constantinopla, que es el área cultural de los Balcanes. Entonces, era algo que existía, pero así con esta forma de penitencia, de solidaridad, de encuentro con la naturaleza, de retiro... no había precedentes. Entonces, la gente lo ha encontrado haciendo el camino francés, el portugués o el primitivo.

El campus también
los protege

El Campus Universitario Stejarul no solo ofrece a los jóvenes estudiantes la posibilidad de mejorar su formación y cultura en las muchas actividades, sino también un ambiente más familiar y protector. Javier Quesada explica que, en Bucarest los estudiantes “se pierden un poco” cuando salen de sus familias, la cuales, normalmente, tienen muchos valores cristianos y tienen miedo al cambio. Por ello, este tipo de colegios mayores les ayuda bastante a saber que sus hijos están seguros en la capital rumana.