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lunes, 17 diciembre 2018
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URGENTE

“El toque de las campanas es necesario, no se debe perder”

María del Mar Rosas
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Esta empresaria tosiriana lleva en la sangre el repique de los bronces hasta el punto de que allí donde esté, “por deformación profesional”, mira hacia las torres y valora si el sonido es bueno o, por el contrario, evidencia falta de mantenimiento

A qué época se remontan los orígenes de su empresa?
—El primer fundidor que llegó a Torredonjimeno, desde Valencia, fue mi bisabuelo, en el año 1881, y aquí se quedó, por amor. Entonces comenzó su andadadura en el pueblo, y aquí seguimos.

—¿Cuándo se vinculó profesionalmente a la firma?

—Hice estudios de administración de empresas y siempre he estado en la oficina de la fundición desde pequeña, porque la fábrica estaba en el patio de mi casa y era frecuente el trato con los trabajadores. En mi casa, cuando llamaban los clientes, quisiera o no, muchas veces me tocaba a mí atenderlos.

—¿En qué momento se hizo usted cargo de la fundición?

—Somos cinco socios. En un principio estuvo mi bisabuelo, luego mi abuelo, mi padre y mis hermanos, que finalmente lo dejaron por motivos personales, y me quedé yo junto con cuatro trabajadores de la empresa de toda la vida. Hicimos una comunidad de bienes y vamos todos a una desde 2006. Yo me sigo encargando de la parte administrativa.

—Trabajar en una fábrica de campanas no es algo muy habitual.

—Es un trabajo muy peculiar para todo el mundo esto de las campanas. La gente las tiene en mente desde que es pequeña, toda la vida de Dios han sido una llamada, una alerta, no solo con carácter religioso. Tiene un matiz muy diferente a cualquier otro oficio, y perdura por los siglos. La verdad es que hay muchísimas parroquias en España y en Andalucía, y también en el norte, con campanas nuestras, y se le tiene un cariño especial, se ama y, como se mama desdee pequeño... Tengo grabado mi trabajo a fuego en el corazón, esa es la verdad.

—Vistos los antecedentes, desde finales del siglo XIX, parece que no le quedaba más remedio que dedicarse a lo que se dedica.

—Estaba destinada, no me quedaba otra que trabajar en esto.

—Las piezas que salen de Campanas Rosas, en los tiempos que corren, ¿cuánto tienen de artesanal?

—Lo que es el proceso de fabricación de una campana es artesanal totalmente; eso sí, han cambiado algunas cosas, se han acelerado algunos procesos. Por ejemplo, antiguamente, para la definicion de una campana, mi abuelo usaba clara de huevo, para que la definición fuera muy fina. Tenemos campanas con siglos y te sorprende la calidad y cómo manejaban esas piezas de tan gran tamñao y volumen, cómo eran capaces de hacer esas definiciones, son obras de arte, con esculturas en las asas, hay verdaderas maravillas... La campana tiene tres fases: una de ellas es la falsa campana, terminada en cera, porque la fundición se hace a cera perdida. Es cuando se ponen las letras y la decoración. Esa falsa campana se convertirá después en la pieza de bronce. Luego se le pone una capa encima; entre esa capa y la superficie, tiene que salir definición en las letras y en toda la decoración, sin poros.

—¿De qué manera se ha adaptado su empresa a los revolución tecnológica contemporánea?

—Mi padre empezó, en los años 70 u 80, a electrificar campanas pero, claro, se motorizaban con motores reductores normales y corrientes. Hoy dìa, la campana es muy artesanal, pero todo lo que lleva alrededor ha evolucionado muchísimo, con motores por impulso que simulan el toque tradicional de tirada de cuerda, para que la campana arranque suavemente, vaya lanceándose poco a poco hasta que alce el vuelo y empiece a voltear. Antes era el motor reductor y a arrancar, ahora se suaviza todo mucho, el motor está preparado por si la campana se desequilibra o se rompe la abrazadera, de forma que se pare, por seguridad, y no siga volteando. Actualmente, los programas electrónicos han sustituido al campanero, se pograma todo el año lo que se quiere hacer y se puede combinar todo, incluso desde un módem telefónico, el móvil actúa como un programador. Hay párrocos en los pueblos de sierra, que tienen que atender varias iglesias, que lo usan desde la distancia.

—¿Les hacen aún pedidos tradicionales, con cuerda?

—Para iglesias es raro que nos pidan con cuerda; lo que sí procuramos es recuperar el patrimonio cultural que implica el toque de las campanas: hay muchas parroquias que se motorizan pero a las que se les deja el yugo preparado para poder tocar manualmente. Por ejemplo, en Carmona y en Écija (Sevilla) hay campaneros y se deja abierto, para poder hacer un toque normal. En pequeñas ermitas o en sitios de poca concurrencia, motorizar no les conviene, porque los costes son más elevados, y sí se deja con cuerda.

—El repique de la campana responde a una serie de mensajes. ¿ES complicado descifrarlos?

—En cada población tienen un tipo de toque. Por ejemplo, en la Catedral de Toledo es increíble la variedad. Por ejemplo, cuando murió el papa tocaron uno específico, y para los difuntos depende si son hombres, mujeres o niños... En cada pueblo preguntamos a la gente mayor sobre esto, y nos informan sobre los toques de campana que recuerdan.

—¿Hasta dónde han llegado las piezas de Campanas Rosas?

—En la época de mi bisabuelo trabajábamos más para fuera; por ejemplo, en libros desde 1936 se reflejan muchos trabajos por el norte, por Galicia; mi abuelo llegó a hacer campanas para Estados Unidos y Japón.

—¿Hay que tener buen oído musical en este oficio?

—Cada campana se hace con una especie de plantilla, llamada terraja. Mi padre sí acordaba las terrajas con un músico de la ciudad al que le gustaba mucho eso, e intentaba sacar la nota. De todas formas, una campana no es como un piano, tiene muchas resonancias, una nota principal y una frecuencia que varía.

—¿Comprende a quienes se quejan del “ruido” de los bronces?

—Eso me duele; para mí una campana no hace ruido, sino música. Eso antiguamente no pasaba, estaba muy asumido. Sin embargo, recuerdo que, hace unos años, en Jaén hubo un problema con las de la Catedral, y digo yo que esa campana lleva ahí cuatrocientos años, si vives enfrente la vas a escuchar.

—¿Tiene futuro este negocio?

—Sí, la verdad es que se hacen campanas, el negocio funciona, no se hacen treinta al mes, pero cada mes y medio fundimos, sobre todo porque el proceso es largo. Es verdad que en muchas parroquias ponen megafonía, pero siempre se intenta mantener las que hay, aunque no se fabriquen nuevas. Esa parte es muy importante, mantener yugos, herrajes, que hay de 1700 o 1600, y eso implica riesgos, porque hay que engrasar los herrajes, los badajos sufren... Además, aquí, en Andalucía, somos muy alegres; por el norte solo se voltea hasta la mitad, pero aquí el volteo es total y ligero, con alegría.

—¿Es la Iglesia su mejor cliente?

—Sí, básicamente la iglesia. Aunque también, como nos dedicamos a la relojería monumental, trabajamos con los ayuntamientos, pero el 95 pr ciento del trabajo es para la Iglesia.

—¿Tienen mucha competencia?

—En Andalucía solo trabajamos nosotros. Nuestra zona de trabajo es de Madrid para abajo —Ciudad Real, Badajoz, Alicante, Murcia...—. También hemos estado en Barcelona, y hay párrocos que tienen misiones fuera, en África o Latinoamérica, que se llevan una campanita pequeña. En casi todas las catedrales andaluzas tenemos campanas nuestras y llevamos los contratos de mantenimiento. Incluso, mi padre hizo una para el museo de la campana de Moscú.

—¿Qué siente cuando escucha el repique de las campanas?

—Cuando viajo, por deformacion profesional, miro las torres y no sé, las sensaciones las tengo desde pequeña y no sé qué pueden sentir los demás, es mi vida, el toque de las campanas es necesario, no se deber perder.

—¿Seguirá la dinastía campanera?

—Ni idea, tengo un niño de dos años y le gusta tocar cuando viene a la fundicion. La verdad es que no me disgustaría que se dedicara a esto.

Toda una enamorada de la música

La música de las campanas no es la única que acaricia los oídos de María del Mar Rosas Jiménez. La empresaria tosiriana ama tanto este arte que lo mismo se cuelga el bajo eléctrico y mueve la melena sobre el escenario con un conjunto de rock que entona piezas polifónicas medievales en la masa coral de la que forma parte. Confiesa que la música es su pasión, hasta el punto de que, en el pasado, llegó a realizar estudios de Piano. Sus otras aficiones predilectas son rodearse de “gente buena” y pasear.