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URGENTE

Ilustres desconocidos

El cementerio de San Eufrasio alberga los restos mortales de algunos de los hombres y mujeres que representaron a la democracia jiennense del siglo XIX y primer tercio del XX
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13/01/2019

Siempre he pensado que la calidad humana se puede medir, entre otras cuestiones, por el trato y el respeto que uno dispensa a sus mayores, o por cómo recordamos a quienes nos precedieron. Y esto es aplicable a todos los ámbitos sociales, autoridades y administraciones incluidas, especialmente cuando nos acercamos a los lugares de descanso, enterramientos, de personalidades ilustres, gente que contribuyó con sus acciones a la mejora de las condiciones de vida de sus conciudadanos.

Es por esto, por lo que cada Primero de noviembre muchos y muchas jiennenses nos escandalizamos e indignamos cuando contemplamos el estado de abandono y ruina del Cementerio de San Eufrasio, cada año más deteriorado y devastado, ante la desidia e incapacidad de las autoridades y la indiferencia de la ciudadanía.

Por otro lado, no dejo de comparar el abandono de San Eufrasio con la situación de otras ciudades españolas, así como de otras partes del mundo, donde los cementerios decimonónicos como el de nuestra ciudad son atractivos turísticos de primer orden, que reciben cada año miles de visitantes, como es el caso de Père-Lachaise de París, el cementerio Civil de Madrid o el cementerio inglés de Málaga.

Pero más allá del atractivo turístico que tiene este cementerio, lo que duele y sorprende es el desprecio que se está cometiendo sobre un lugar de memoria, un espacio patrimonial, que debería de ser conservado, revalorizado, porque encierra parte de la historia y la memoria de nuestra ciudad, donde fueron enterrados miles y miles de jiennenses, algunos de los cuales pueden ser considerados adalides de la lucha por la democracia y los derechos de ciudadanía en nuestra ciudad y provincia, y que merecerían homenajes por su valentía en lugar de vallas y olvido entre nichos vacíos.

Y llego a la conclusión de que esta situación sólo puede ocurrir en una sociedad como la actual, rápida para acceder a la información a través de cualquier medio tecnológico, pero analfabeta ideológicamente, sin formación histórica, sin cultura democrática. Y todo esto, a pesar de que todos nuestros currículos educativos, en cualquiera de sus etapas, están llenos de palabras hermosas sobre la necesidad de formar a las generaciones actuales en derechos de ciudadanía y valores democráticos, a través de la formación histórica.

Desgraciadamente, esta situación está llevando a nuestra juventud a la confusión y al error de pensar que la democracia y los derechos y libertades asociados a ella, y que hoy disfrutamos, han existido siempre. Pero no ha sido así. Los derechos políticos, como el voto, el derecho de reunión, de asociación, así como la jornada laboral de ocho horas, el derecho al descanso, la educación universal y gratuita, el derecho a una sanidad de calidad y gratuita, la libertad religiosa, e incluso la propia libertad de pensamiento, han sido conquistas muy recientes en el tiempo, y se las debemos en parte a esos republicanos y republicanas que se encuentran enterrados y condenados al olvido en el Cementerio de San Eufrasio. En el cementerio viejo de Jaén reposan los restos de hijos ilustres de esta ciudad como Antonio Flores de Lemus (economista de reconocido prestigio internacional, cuyos apellidos dan nombre al aulario más grande de la Universidad de Jaén), José del Prado y Palacio (Diputado a Cortes, Senador Vitalicio, Alcalde de Jaén, Madrid y Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes), el Doctor Martínez Molina, Justino Flórez Llamas (arquitecto del Palacio de la Diputación Provincial), Antonio Roldán y Marín (Presidente de la Diputación de Jaén en varias ocasiones), Fermín Palma García (médico, alcalde de Jaén y Presidente de la Diputación), así como el poeta republicano Bernardo López García (el cantor del Dos de mayo), que a pesar de su intensa actividad política (fue miembro del partido demócrata de la capital desde la década de 1850, uno de los fundadores del partido republicano en Jaén en 1868, representante provincial en el Pacto Federal de Córdoba de 1869, y uno de los grandes propagandistas y agitadores en Andalucía), sólo obtuvo reconocimiento social a raíz de su oda patriótica contra el invasor francés.

Bernardo López García (cuyos restos fueron trasladados a Jaén en 1899 desde Madrid, donde había fallecido en 1870) no es el único republicano que descansa en San Eufrasio. Cada primero de noviembre suelo acudir al cementerio, empujado por la necesidad de rendir homenaje a tanta gente cuyos nombres parecen erosionarse de nuestra memoria a la vez que de sus losas gastadas, y tengo por costumbre detenerme en el nicho familiar de Eduardo Fernández del Pozo y del Río, y dejar una flor, y cada año también miro alrededor, y siento la necesidad de gritar tantos nombres silenciados... Y de ahí surge este escrito, de la obligación moral de rescatar para Jaén sus vidas, sus acciones, de sacarlas del olvido al que condena un espacio desahuciado para la memoria.

Fernández del Pozo y del Río, nació en Madrid el 13 de junio de 1867 y murió en Jaén el 7 de abril de 1949. Era abogado y propietario agrícola, y fue miembro de varios centros culturales de la ciudad, como el casino de artesanos, del que era presidente en 1899. Fue el líder local y provincial del partido federal desde la década de 1890. Su intensa actividad propagandista por el partido y su participación en las distintas coaliciones republicanas le hicieron ganar prestigio a nivel nacional, siendo nombrado secretario del consejo federal en 1917 y también candidato a Cortes por los republicanos del distrito electoral de Gerona, donde obtuvo el triunfo en 1914 y 1916. Fue promotor y director de periódicos federales de Jaén como La Democracia (1897) y El Combate (1898).

Es necesario incidir en que el programa republicano incluía la defensa de una España laica, lo que implicaba la separación entre iglesia y estado, con todo lo que eso conlleva: enseñanza laica, libertad de cultos, libertad para elegir el nombre de los hijos e hijas (al margen del santoral católico), así como para celebrar matrimonios y enterramientos civiles, algo que hoy en día tenemos aceptado y asumido. Fernández del Pozo luchó porque esos actos civiles fueran legales y respetados por las autoridades monárquicas y eclesiásticas. Llegó incluso a proponer la creación de una sociedad de actos civiles que amparara la inviolabilidad de conciencia republicana contra las argucias de la iglesia, que se oponía frontalmente a las ceremonias civiles e incluso llegaron a impedirlas, como en el caso del entierro en San Eufrasio del dirigente jiennense Antonio Pérez Ortega (El País, 22 de mayo de 1906).

Juan Espantaleón Perea, Segundo Morago Calero, Manuel María Montero Moya, Casimiro Moya Luna, José María Aguirre Lagunas, Cristóbal Noguera Frías, José Calatayud Sanmartín, José Flores de Lemus, Eduardo Claver Nieto, Manuel Segovia Rubio, Antonio Pérez Ortega, Esteban Francés y Torres, Francisco Mitjana Santamaría, Francisco Cerezo Fernández, Enrique de Guindos Torres, Francisco López Gómez, Pablo Flórez Urdapilleta, Fernando Montero Garzón, Diego María Vadillos Fernández y Carlos Moreno Jódar, son otros ilustres republicanos están enterrados en San Eufrasio, y cuyas lápidas pueden leerse en nichos, panteones y criptas del camposanto.

Estos republicanos jiennenses pertenecían a distintas culturas políticas y familias republicanas, en su amplio arco sociológico, desde las opciones más conservadoras (el Partido Republicano Posibilista de Emilio Castelar), pasando por los centristas (Partido Republicano Progresista de Manuel Ruiz Zorrilla y el Partido Centralista de Nicolás Salmerón y Alonso), hasta la facción más izquierdista que estaba representada por el Partido Federal de Francisco Pi y Margall.

Uno de los más ilustres republicanos que recibieron sepultura en San Eufrasio es José Calatayud Sanmartín, (Pegalajar, 1827 – Jaén, 1889) Calatayud era propietario agrícola. Militó y fue un destacado dirigente del partido demócrata desde la década de 1850, y posteriormente fue uno de los fundadores del partido republicano federal en la capital, donde fue elegido en 1868 primer presidente del comité local, cargo que repitió en 1869. También fue elegido en 1869 primer presidente provincial del partido federal y se mantuvo en el cargo al menos hasta 1870. Además, fue representante de la provincia en la reunión del pacto federal de Córdoba y en la segunda asamblea federal del partido en Madrid. Durante la Restauración se mantuvo en el movimiento republicano como independiente y abogó concienzudamente por las coaliciones republicanas. Pero sin duda, lo más destacado de Calatayud en el ámbito político es que fue elegido primer alcalde de Jaén durante el Sexenio Democrático, y se mantuvo en el cargo hasta 1871, cuando cesó por haber sido elegido diputado provincial por el distrito judicial de Martos. Se mantuvo como diputado hasta marzo de 1873, cuando cesó por haber sido nombrado Gobernador Civil de la provincia. Bajo su mandato se aprobaron medidas como el matrimonio civil, acordado en el pleno del día 28 de enero de 1869, antes incluso de que lo autorizaran las Cortes Generales; e hizo todo lo posible para librar del servicio militar a los mozos de las familias pobres de la ciudad, cuyas ausencias lastraban a la economía familiar, amén del riesgo de no volver a casa con vida.

También está enterrado en San Eufrasio uno de los concejales más activos y comprometidos con la causa de la democracia: el sombrerero y miembro del partido progresista José María Aguirre Lagunas. Fue presidente del partido en Jaén entre 1898 y 1903, llegando incluso a ostentar la representación de la provincia en asambleas nacionales del partido. Se hizo con un acta de concejal en 1891 y se mantuvo en el cargo hasta 1895, periodo durante el cual desempeñó una exigente labor de oposición con la alcaldía monárquica, fiscalizando continuamente las cuentas municipales, vigilando el fiel cumplimiento de las obligaciones que las empresas contratistas tenían con el municipio y excitando el celo del Alcalde para cobrar las deudas que con el consistorio tenían las personas más adineradas de la ciudad. En una ocasión Aguirre Lagunas manifestó en el Pleno que la clase obrera, tenía que ser retribuida por su trabajo, y nunca como limosna o socorro, porque lo primero ennoblecía y lo segundo denigraba (Sesión plenaria del día 8 de marzo de 1892).

Cristóbal Noguera y Frías, otro concejal republicano enterrado en San Eufrasio, consiguió que se rescindiera el acuerdo con una empresa contratada por el Ayuntamiento, por no cumplir con sus obligaciones, y en otra ocasión denunció la realización de una obra sin autorización en casa de un particular (propiedad de Eugenio Santa María, uno de los grandes terratenientes de la ciudad), y consiguió que el pleno paralizara la obra y se obligara al dueño a solicitar la licencia de obras que se exigía a todos los vecinos (Sesión plenaria del día 23 de julio de 1892). Noguera Frías era abogado y miembro del partido progresista, por el que fue elegido concejal del Ayuntamiento entre 1891 y 1895.

Uno de los pocos republicanos que no está enterrado en un nicho común, sino en un pequeño panteón, es Casimiro Moya Luna, que era propietario de un horno de pan y una fábrica de harina en la ciudad. Fue miembro del partido progresista y de las distintas coaliciones republicanas. En 1904 era vocal del comité provincial de Unión Republicana. Fue concejal del Ayuntamiento de Jaén entre 1891 y 1895.

Otro ilustre concejal republicano (en el periodo comprendido entre 1893-1897) fue el maestro Eduardo Claver Nieto, quien nació en Jaén en 1855 y murió en la capital en 1923. Fue yerno de Bernardo López García, e impulsor del traslado a Jaén de los restos del poeta. Miembro del partido progresista, donde ocupó la secretaría del comité local y provincial durante la década de 1890, dirigió además varios periódicos en la capital como El Chirri (1883-1888) y El Progreso Republicano (1893-1894). Como miembro de la corporación municipal, dignificó el cargo de concejal, exigiendo sanciones económicas para aquellos que descuidaran sus obligaciones; veló por el cumplimiento de las leyes, por lo que en más de una ocasión protestó y denunció el pago de facturas con dinero del capítulo de gastos corrientes (sesión plenaria del 21 de julio de 1894); propuso y se aprobó, subir el impuesto a los carruajes de lujo (sesión del 6 de abril de 1895); donó 100 pesetas para atender a los enfermos de familias pobres de la ciudad, e instó a la corporación a comprar el suero y los aparatos necesarios para atender esa necesidad; y se escandalizó y protestó por destinar la misma cantidad de dinero público para obsequiar con un refresco a las autoridades durante la festividad del Corpus, y para comprar pan para los pobres, solicitando que se destinara el dinero a las familias necesitadas (sesión plenaria del día 1 de junio de 1895). En el panteón familiar, junto al economista Antonio, está enterrado el farmacéutico José Flores de Lemus, que fue el gran animador en la ciudad del partido reformista de Melquiades Álvarez, en el que fue presidente del partido en Jaén y en el comité provincial durante 1914 y 1915. Además, dirigió el órgano de prensa del partido: Jaén Reformista (1913-1915).

Entre los pocos republicanos que tienen un reconocimiento público en la ciudad de Jaén, está el maestro Montero Moya, que cuenta con una calle en el casco antiguo. Manuel María había nacido en Andújar el 26 de diciembre de 1826 y murió en Jaén el 12 de agosto de 1914. Era maestro de profesión y fue miembro de diversas asociaciones culturales de la ciudad de Jaén. Desde mediados del siglo XIX militó en la democracia republicana. Fue elegido diputado a Cortes en 1873 por el distrito de Alcalá la Real. Durante la Restauración abogó por las coaliciones republicanas, participando en 1890 en la comisión organizadora de la coalición republicana de la provincia de Jaén, siendo designado uno de los cuatro vicepresidentes que tuvo el comité provincial. Posteriormente, en 1897 fue elegido presidente de la Junta Provincial de Fusión Republicana, aunque no aceptó el cargo por su delicada salud. Por último, fue nombrado presidente del comité provincial del partido de unión republicana en 1903.

En San Eufrasio están enterrados incluso propagandistas de la causa republicana de otros municipios de la provincia, como es el caso de Diego María Vadillos Fernández, que fue uno de los fundadores del partido en Huelma, y uno de los grandes impulsores de la causa durante el Sexenio, cuando fue elegido secretario y miembro de la comisión permanente en el primer comité provincial del partido republicano federal (1869).

En resumen, el Cementerio de San Eufrasio de Jaén alberga los restos mortales de algunos de los más ilustres representantes de la democracia jiennense del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, personalidades que nadie, ni autoridades ni ciudadanía, parecer querer recordar, y cuya memoria desaparece al mismo ritmo que el espacio en el que sobreviven sus nombres, ante la indiferencia general de una ciudad que no parece querer mirar atrás, y que deja hundirse su patrimonio entre losas vacías.

Debemos recordarles. Si queremos conocer los orígenes de nuestra democracia, debemos recuperarlos. Fueron ellos quienes encabezaron la lucha contra el privilegio, quienes dedicaron su vida a pelear unos derechos que hoy damos por sentados, fueron nuestros vecinos, nuestro pasado. El Cementerio de San Eufrasio es más que un lugar. Su memoria no es negociable. Como dijo Saramago, “...se comienza con el olvido y se acaba con la indiferencia”. Que Jaén no dé la espalda a San Eufrasio.

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