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viernes, 22 junio 2018
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URGENTE

De Bailén a París sin esperarlo

Rosa Victoria Agudo estudió Filología Inglesa y, sin embargo, la vida la llevó a un pueblo galo en su intento por mejorar en sus idiomas. De esta forma, se enamoró de la cultura y el idioma de los vecinos del norte y se hizo profesora

Rosa Victoria Agudo es bailenense y tiene 29 años. Es licenciada en Filología Inglesa y diplomada en Turismo por la Universidad de Jaén. “Actualmente resido en París y trabajo como profesora de Español en un instituto de las afueras de la ciudad”, explica. ¿Y cómo una filóloga inglesa acaba en Francia?: “Cuento mi historia. Cuando acabé la carrera tenía claro que la única manera de perfeccionar el inglés era viviendo en el extranjero, así que pensé que una buena opción para ello era partir como chica ‘au-pair’, niñera. Solo que por cosas de la vida, me ví cuidando niños en un pueblecito del sur de Francia durante más de un año y medio”, responde.

“Fué así cómo aprendí francés. Me encantó el país y el idioma. Nunca, en todos mis años de carrera, estuve tan motivada como lo estaba con mis clases en este idioma. Después de esto volví a España y me encontré con la tarea difícil de hallar un trabajo. En mi desesperación una amiga me dijo ‘oye Rosa ¿por qué no pruebas suerte con las becas de auxiliar de conversación?’ y eso hice. Postulé para una plaza en el país galo, porque echaba de menos hablar francés y estar rodeada de franceses. Puse todas mis esperanzas en ello y tuve las mejores de las suertes, ya que, seis meses más tarde, recibía un correo en el que me decían que me habían concedido una plaza para la Academia de Versalles. Fue así como, hace un poco más de un año, llegué a París”, sostiene. De esta forma, como aclara, una vez acabado el contrato, apunta, le ofrecieron quedarse en L’Hexagone pero, esta vez, como profesora de Español. “Me lo pensé bastante, puesto que, aunque tengo claro que quiero dedicarme a la enseñanza, tenía miedo de no hacerlo bien, ya que el sistema es distinto al español y la forma de enseñar una lengua es muy diferente también”, confiensa. Sin embargo, ocurrió así, tal y como afirma: “Pero ¿cómo decir no si me estaban dando el trabajo en mano? Así que acepté. No tenía nada que perder”. “Nunca jamás en la vida me hubiera imaginado aquí. Una chica de pueblo, más bien miedosa, en una gran ciudad, con tanta gente y turistas arriba y abajo, líneas de metro y autobuses. ¡Pero sobreviví! Y eso que pensaba que me volvería a las dos semanas de llegar”, relata. Y no todo era de color de rosa, debía solventar cuestiones básica: “Mi mayor miedo era poder encontrar un lugar donde vivir que pudiera pagar. Para el que no lo sepa, buscar piso aquí es toda una odisea. Los alquileres están por las nubes y la cantidad de requisitos y papeles que te piden es una locura”, aclara. Y añade: “Evidentemente, yo no disponía de tanto documento y mi sueldo, como auxiliar, era discreto pero otra vez, tuve mucha suerte y, dos días después de llegar, encontré una residencia de estudiantes donde me aceptaron con lo que tenía”. “La verdad es que vivo bien. Me encanta mi barrio, mi alquiler es aceptable y tengo una compañera de cuarto que es una maravilla”, apunta la bailenense.

No obstante, París es París, con sus pros y sus contras, por lo que, Rosa Victoria Agudo reconoce que le flaqueó el ánimo en ocasiones. “Tengo que confesar que, a veces, llegué a odiar la ciudad, pero al final conseguí ver lo bonito que hay en ella a pesar de su cielo gris. Es una capital donde siempre encuentras algo que hacer y está en constante movimiento. Me encanta salir y descubrir nuevos bares, cafeterías y restaurantes. Cuando hace bueno, disfruto mucho paseando al lado del río Sena y con un simple picnic con mis amigos en cualquier parque o jardín. ¡París en primavera es precioso! Es, simplemente, único”, comenta esta filóloga inglesa que, al final, se enamoró del francés.

más allá de tópicos

“Los franceses son gente muy educada, o eso creen ellos, porque después no tienen problema en gritarse barbaridades a pleno pulmón en el metro. Los parisinos están un poco malhumorados”, explica. Tampoco son tan cercanos y abiertos como los españoles, conforme ella los describe. También dice de los galos de la capital que son un poco cuadriculados o metódicos y, como apostilla, “sí, son un pelín chovinistas”. “Sobre todo los parisinos. Parece ser que haber nacido en París es un plus, te da un cierto aire de misterio y glamour. Pero yo me siento igual de guay y nací en Bailén”, afirma. “Pero no es que no me gusten. No me gusta quedarme en esos clichés o tópicos y creo que gente agradable la hay por todos sitios y gente desagradable igual. Que yo sea andaluza no quiere decir que sea muy ‘salá’ o que sepa bailar las sevillanas”, afirma rotundamente esta joven jiennense.

una urbe repleta

“París, por supuesto, tiene sus cosas malas. Es una ciudad muy cara, el invierno se hace un poco duro. Hace más frío, el sol es casi inexistente y llueve a menudo. Los buses y metros van siempre abarrotados de gente desesperada por volver a casa. Por no hablar de las colas que hay que hacer para entrar en un museo, conciertos, bibliotecas, o algunos restaurantes, que me ponen de mal humor”, precisa. “No noto grandes diferencias culturales con España. Excepto por el horario. Aquí las jornadas son más cortas, con todo lo que ello conlleva. La gente acaba antes de trabajar y los comercios cierran antes. Pero a mí eso de comer a partir de las doce o cenar a las ocho de la tarde no me importa nada. Me parece mucho más práctico, en cuanto el hablar de usted, incluso con jóvenes, me cuesta la vida, me sale el tú sin pensar”, dice.

Su madre, los desayunos con su padre y los besos de su hermana
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“Si me pregunto por las cosas que echo de menos, lo siento, pero no voy a decir que la comida de mi casa o el jamón. Encuentro todo lo que necesito aquí. Lo que sí extraño es salir con mis amigos de cañas, el sol, las atenciones de mi madre, salir a desayunar los sábados con mi padre y a mi hermana encima mía besuqueándome y abrazándome solo para molestar”, confiesa Rosa Victoria Agudo.

“Con respecto a mis planes de futuro, no los tengo claros. Soy un poco caótica y no planeo mucho a largo plazo. Voy tomando las cosas como me van llegando. ¿Me quiero quedar aquí para siempre? No lo sé. Ahora mismo estoy feliz donde estoy y haciendo lo que hago y mis condiciones de trabajo son buenas. Volver a España es como dar un paso atrás”, reflexiona. Y es que, como deja claro, no está dispuesta a regresar a casa de sus padres sin una independencia económica y sin saber cuándo encontrará un emploe. “Aquí sé que tengo oportunidades y posibilidades, mientras que allí nadie me asegura nada”, afirma la bailenense.

fiesta de disfraces con las amigas de la residencia
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Con las chicas con las que comparte techo, en la residencia en la que vive, durante una celebración. La convivencia es excelente, sobre todo, con su compañera.

a las puertas de un centro clave de la cultura
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De espaldas, junto a una amiga, en la fuente de Stravinsky. Al lado del Centro Pompidou, que es como se conocé al Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou de París, uno de los museos contemporáneos más importantes del mundo.

en un rincón muy especial de la capital con su compañera
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Con su compañera en la residencia, en el muro de “je t’aime”, te quiero, uno de los rincones más fotografiados de la ya de por sí megaretratada capital de Francia.

uno de los lugares más bonitos y visitados del mundo
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En Las Tullerías, los primeros jardines públicos que se inauguraron en París. Es uno de los lugares indispensables de la ciudad, de los más concurridos, y unen el Museo del Louvre y la Plaza de la Concordia.