Por Nuria López Priego
No es la intensidad del color rojo, que lo inunda todo, como en el pestilentemente comercial día de los enamorados. Si hay algo que diferencia a la Navidad de cualquier otra época del año es que la magia, como el amor en la archiconocida canción de 1995 de Wet Wet Wet, pulula alrededor.
En todas partes y, especialmente, en la programación televisiva y en la gran pantalla. Arthur Christmas: Operación regalo es el ejemplo más evidente de la cartelera porque lleva esta Navidad implícita hasta en el título, pero, desde el viernes, TVE1 se suma al huracán de películas “navideñas” con la emisión de Love Actually (2003, Richard Curtis). Una comedia coral de corte romántico —como casi todas en estas fechas— que, si bien se dispersa más de la cuenta debido a la decena de historias que quiere abarcar sin tener un cinturón argumental que apriete lo suficiente, posee ganchos que no admiten réplica: por un lado, un amplio elenco de rostros guapos y cotizados del Hollywood actual, como Keira Knightley, y galácticos de la interpretación, como Liam Neeson, el recientemente oscarizado Colin Firth o la inigualable Emma Thompson, que dignifica bodrios inconmensurables.
Pero la parrilla de la televisión pública no es la única que ha caído en las garras de esa pandemia que solo duele al bolsillo y a los corazones de los que han perdido a algún ser querido llamada “Naviditis”. En Barcelona, los cines Verdi son una de sus víctimas más notables, notorias y noticiosas. Estas salas que tienen por bandera la defensa de la versión original han decidido “estrenar” en alta definición una película que no está teñida del rojo con el que la Coca-Cola vistió a un Papá Nöel que inicialmente vestía en verde, sino del negro que exuda el arte gótico y la cosmogonía de Tim Burton. El film elegido no es otro que Eduardo Manostijeras. Una historia que con el blanco del vestido de Winona Ryder y el oscuro y metalizado traje de Jhonny Deep, permanece grabada en esa parte del cerebro donde anidan las emociones, prestas a desbordarse en las tinieblas de una sala de cine o en cualquier casa, una noche de estas, tras haberla sacado del videoclub de la esquina o del que hay en la Luna.
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