Por Nuria López Priego Mas que le pese a Eduard Punset, la edad de la razón está muerta y sepultada en algún lugar de Kaliningrado (antigua Königsberg, en el Reino de Prusia) junto a los restos mortales de un Inmmanuel Kant que debe estar retorciéndose en la tumba. Para probarlo no son necesarios botones.
Son suficientes una hojeada a los diarios de la mañana y una sesión continua de deprimentes telediarios. España pocas veces fue tan profunda, violenta y oscura como ahora. En Tarragona, un hombre descuartizaba a su mujer; más cerca de aquí, a unos diez minutos, unos vecinos saldaban sus rencillas a balazos. Pero si todo esto fuera poco, basta echar un vistazo a una cartelera maniquea, dividida, como la sociedad que la inspira, en una sarta de presuntos héroes y pastores espirituales del tipo de Sherlock Holmes y algunos demonios. Primero, fueron los vampiros de Crepúsculo, Déjame entrar, Jennifer’s Body. Ahora y por enésima vez en la historia del séptimo arte, le toca el turno a otro engendro de la superchería, el romanticismo y la mitología: el hombre lobo. Un monstruo que, esta vez, lidia con las almas de Anthony Hopkins y Benicio del Toro en una película que resulta ser una profanación del Drácula de Bram Stoker, made by Francis Ford Coppola. Y es que, momentáneamente, las semejanzas degeneran en un plagio excesivo y pestilente. La película es un déjà vu que poco aporta al mito del licántropo, es magistral el trabajo de maquillaje realizado. Es sublime la recreación de la metamorfosis de Del Toro en hombre lobo y absolutamente desasosegantes los efectos sonoros de la cinta. Y es que jamás el crujido de una rama, el chirrido de una bisagra oxidada o de un trueño estuvieron tan estudiados y fueron tan oportunos, pero también tan lamentablemente evidentes.