Por Nuria López Priego Un cataclismo y, de repente, nada. Sólo un mundo en llamas bajo un cielo plomizo y sin dioses. Un paisaje derruido, desolado y gris en el que hasta el mar ha perdido su color incierto e indefinible y los hombres cualquier resquicio de humanidad.
Homo lupus hominem. La carretera (The Road) es cumbre del desaliento y metáfora de un nihilismo que, desde 1914, la población occidental lleva incorporado como un chip en su cerebro. El tema no es nuevo y las causas del desastre —como en la formidable El tiempo del lobo (Michael Haneke, 2003)— no importan. “Arrodíllate y creerás”, decía uno de los personajes de Jean-Paul Sartre, en el primer volumen de la trilogía Los caminos de la libertad. La única verdad es que estamos aquí y ahora y no hay nada. Sólo un padre y un hijo que en tierra hostil avanzan, cansados, hambrientos, con frío y sin esperanza, hacia un sur idealizado y remoto. Su única propiedad es un revólver con dos balas: una para cada uno.
Angustiosa y momentáneamente pesadillesca, la película de John Hillcoat es una adaptación sobria y literal del best seller homónimo de Cormac McCarthy. Una cinta de planos cortos, rápidos y precisos, como las frases de la novela, pero lamentablemente dependiente desde el punto de vista discursivo. La fidelidad que le agradecen los lectores es la que daña un film en el que apenas se intuye el esfuerzo interpretativo de los actores y en el que la impronta de su director está perdida en loor de esa carretera maldita en la que no existen sino muerte, putrefacción y la mezquindad de los vagabundos que la transitan. Dicen que la protagoniza Viggo Mortensen, pero no se le ve y no se debe sólo a la caracterización y a unas barbas que cuentan años. El “pero” es el encorsetamiento, tan pestilente, casposo y alarmante como el anuncio del fin de los tiempos.