La arrolladora partenaire de George Clooney en Up in the Air, Anna Kendrick, confesó, hace escasos días, que, de niña, su sueño era interpretar el papel de Annie, la protagonista del popular musical de Broadway. Nunca lo logró, pero a sus 24 insolentes primaveras la joven podría hacerse con un Oscar.
El que sí cuenta, en cambio, con ese hito del music-hall en su filmografía es el cineasta Rob Marshall, que, con su adaptación a la pequeña pantalla, descubrió las mieles del éxito y las claves para perpetuarlo. ¿Cuáles son? Espectáculo aderezado con algunos de los rostros más cotizados de la escena hollywoodiense. El ejemplo fue, en 2002, Chicago. Una cinta que le valió el reconocimiento de crítica y público y dos hombrecillos de 30 centímetros bañados en oro. Tres años más tarde, repitió gesta con Memorias de una Geisha. La película se alzó con tres Oscar. Y, ahora, está dispuesto a hacer lo mismo con Nine, la adaptación al cine del musical de Broadway basado, a su vez, en Ocho y medio, la película de 1963 del excéntrico y siempre genial Federico Fellini. El filme narra los desvelos de un cineasta en plena crisis creativa. El papel lo encarna un Daniel Day-Lewis que encandila, comme d’habitude, con sólo expulsar su vida entre el humo de mil cigarros. La historia, además, la vertebran los problemas del artista con sus amantes. Un listado en el que sobran secundarios, como el de Nicole Kidman, que aporta poco a la trama, pero la eterniza, y en el que brilla un pasado en blanco y negro, dominado por la mojigatería vaticana y el amor, descubierto en el cuerpo de una prostituta, a la que da vida la espectacular cantante de Black Eyed Peas. Nine pretende ser espectáculo y lo roza por momentos. El resto apenas son parches.