José Rodríguez Cámara/Jaén
¿Se lanzará una pava desde el tejado de la iglesia de Cazalilla? Es una pregunta que se repite, año tras año, cuando llega San Blas. La tradición, a la que el pueblo parece que no quiere renunciar, está en el ojo del huracán por las denuncias de los ecologistas y las sanciones por maltrato animal.
Seguramente, una pava volará hoy, poco después de las cinco de la tarde, desde la torre del campanario de la iglesia de Cazalilla. Es una costumbre del pequeño pueblo de la Campiña, la más conocida y la que le da más quebraderos de cabeza. ¿Por qué? Porque, año tras año, a raíz de las denuncias de grupos ecologistas, la tradición lleva aparejada una sanción para aquel que la cumple. El Gobierno andaluz, de oficio, tiene que sancionar y el Servicio de Protección de la Naturaleza del Cuerpo, con discreción, vigila para comprobar si el ave protagoniza, muy a su pesar, la ceremonia. El Ayuntamiento, en vista de que incumplía la ley, se desvinculó de esta parte de la fiesta y, al parecer, son los propios vecinos, mediante cuestaciones populares, los que abonan la multa, aunque el mutismo sobre el asunto es total.
Eso sí, sin dar su nombre y apellidos, cualquier cazalillero reconoce que quiere ver volar la pava y da por hecho que hoy será lanzada desde la torre de Santa María Magdalena, la parroquia del municipio, después de la procesión de San Blas. Si nada lo impide, el patrón recorrerá las calles de Cazalilla a partir de las cinco de la tarde. A continuación, los vecinos se arremolinarán en la plaza, frente al templo. Acudirán muchos curiosos de otros municipios de la comarca y, previsiblemente, un nutrido grupo de informadores de prensa para hacerse eco de esta costumbre, tal mal vista por algunos. El origen de la costumbre está en el enfrentamiento entre dos familias, que cesó después de que un joven de una y otra del otro clan se enamoraran. Para celebrarlo, se lanzó una pava, símbolo de riqueza.
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