Tenía que moverse entre la voluntad firme de aplicar su nueva visión y los convencionalismos de respeto a las tradiciones del partido. Y lo ha hecho, pero con concesiones, porque sin ellas es imposible cuadrar el círculo.
El nuevo secretario general del PSOE-A, José Antonio Griñán, conformó hasta las 4:30 horas de ayer la nueva ejecutiva que deberá fijar las prioridades, las ideas y la acción del partido en los próximos cuatro años, menos revolucionaria de lo anunciado. Griñán ha sido cauto, sabedor de las distintas sensibilidades de su gente, y ha cumplido con el reparto territorial que exigían las delegaciones de las ocho provincias andaluzas. No ha aplicado la media exacta (cada una debería haber logrado tres sillones de media), pero tampoco ha generado grandes desigualdades: entre los cinco secretarios de Sevilla y los dos de Cádiz, Jaén y Huelva están los cuatro de Málaga y los tres de Córdoba, Granada y Almería. Los cargos poderosos fueron para Málaga (la presidencia, de Rosa Torres), Córdoba (la vicesecretaría general, de Rafael Velasco), y Sevilla (la secretaría de Organización, Susana Díaz). Fuentes de la negociación sostienen que el criterio básico para el reparto “en absoluto” fue el territorio, sino el mérito y la capacidad. La dinámica fue la que sigue: Griñán proponía una vacante, con un perfil determinado, una formación y una experiencia precisas, y cada secretario proponía a un candidato, “pero sin mirar lo que presentaban otros”, matizan. La pretensión era formar, así, el “gobierno de los mejores”.
A las secretarías se suman las 15 vocalías o secretarías ejecutivas, de la que forman parte tres consejeros (Juan Espadas, Mar Moreno, Cinta Castillo y Clara Aguilera), la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, y la ex delegada del Gobierno, Amparo Rubiales. En lo que Griñán ha tenido que ceder es en el número de miembros: la ejecutiva engorda, con cuatro miembros más que en los años del ya ex secretario, Manuel Chaves. Con menos sillones, no era posible contentar a las provincias y tocaba hacer malabares, de ahí que las negociaciones, aunque los tiempos fueran otros, acabasen rozando las cinco de la mañana, como en la era chavista. La nueva cúpula cuenta con 41 responsables, de los que diez componen la Comisión Permanente, el verdadero núcleo del poder socialista, y a la que deberán dedicarse de forma exclusiva.
Esa imposibilidad de compatibilizar cargos orgánicos con otras responsabilidades fue lo que provocó la polémica de la noche: la salida de la ejecutiva del secretario general en Cádiz, Francisco González Cabaña. A medianoche, puso sobre la mesa su deseo de entrar en la ejecutiva, una posibilidad que no agradaba al resto de secretarios. Quería un puesto elevado, quería Organización, toda vez que en la ejecutiva saliente se quedaban dos baluartes de Cádiz: Chaves y Luis Pizarro, hasta ahora vicesecretario. Sin embargo, le otorgaron la Secretaría de Política Institucional, el número cuatro en el organigrama del PSOE-A. Cabaña reflexiona y lo acepta, pero Griñán le expone que, si asume la tarea, debe renunciar a todos sus cargos en Cádiz: el de secretario general, el de Presidente de la Diputación gaditana y el de alcalde de Benalup. Eran las cinco de la mañana. A las nueve, rechaza el puesto.
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