Cazalilla es un pueblo normal y corriente, ni feo ni bonito, pero cada año por San Blas acapara portadas e informativos en los medios de comunicación más allá de las fronteras de esta tierra.
Y todo porque osan arrojar a un indefenso animal desde lo alto del campanario, es decir, desde unos 35 metros de altura. La pava no muere, desde luego, y yo diría que ni se entera, pero la normativa recoge expresamente que eso es maltrato animal y hay que acatarla. O no. Los cazalilleros se pasan por el forro las sanciones, amparándose en la tradición, y prefieren pagar los dos mil euros de multa a dejar de tirar criaturas irracionales desde la torre de la iglesia. Si yo fuera vecino de Cazalilla haría lo mismo. No por tradición, sino por llevar la contraria a esas asociaciones que para justificar su existencia se dedican a patalear donde no hay nada que reclamar. No habrá animales por ahí sueltos sufriendo desmanes y calamidades impensables, para que pierdan tiempo y esfuerzo en una pava que, a fin de cuentas, llega sana y salva al suelo, planeando suavemente, y luego se pasa el resto de su vida en un corral. Las denuncias de los superhéroes de los animales contra los cazalilleros no dejan de ser una cuestión simbólica, -por no decir absurda- porque si ganan esta batalla se sentirán con fuerza moral para ganar otras guerras. No se puede comparar esta tradición con otras realmente más salvajes, léase caza del zorro o corridas de toros, contra las que cargan también sin tregua y en las que está comprobado que sí hay víctimas. Ese es un pequeño detalle a tener en cuenta. Las cosas como son. Pero en Cazalilla no, señores. Ahí el bicho, que no hay que olvidar que tiene alas, cae como planeando, no a plomo, y suele aterrizar en los brazos de algún lugareño que espera en la plaza, junto a otros cientos, y que la recibe como un verdadero tesoro, casi como al que le toca la Primitiva. Cuentan los viejos del lugar que antiguamente se la comían, en época de hambruna, pero hoy en día se la trata como a la reina del corral. Vamos, que si las pavas hablaran, todas dirían que quieren vivir en Cazalilla.
UNA POLÉMICA TRADICIÓN
El pasado miércoles 3 de febrero, como cada año por San Blas, una pava fue lanzada desde el campanario de la iglesia de Santa María Magdalena de Cazalilla. Se rememora así la tradición que recuerda que dos familias enemistadas desde tiempos ancestrales lanzaron una de estas aves cuando dos de sus hijos se casaron y sellaron así la paz para sucesivas generaciones. Una historia similar a la de losMontesco y los Capuleto, pero en versión jiennense y con un final feliz. Desde 2004 se interponen sanciones administrativas por considerarlo una infracción en materia de protección animal.
jgonzalez@diariojaen.es
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