Nadie ha pedido perdón y todos tenemos parte de culpa. Unos más que otros, por supuesto, pero no por ello hay que escurrir el bulto.
Es evidente que con la desgraciada muerte de la niña de tres años de Tenerife lo hemos hecho fatal. El grave, gravísimo error nace del primer parte de lesiones que se hizo de la pequeña, que hablaba de maltrato y abusos sexuales. Una barbaridad. Pero los sucesivos informes fueron descartando todo, poco a poco, hasta que la autopsia reveló que la criatura murió, presuntamente, por una caída en un parque seis días antes, una versión que dieron tanto su padrastro como la propia madre, pero a la que nadie dio crédito. Mientras tanto, los medios de comunicación nos entretuvimos en linchar a ese hombre, que bastante sufrimiento llevaba ya encima como para tener que ver su rostro a toda página, en portada de un periódico de tirada nacional, y con el titular: “la mirada del asesino”. Algo no cuadraba en este caso, algo no estaba claro desde el principio, pero aún así la bola fue creciendo, hasta que incluso el Gobierno canario guardó un minuto de silencio en repulsa por semejante atrocidad. Sí, ahora debería guardarse otro por la tortura psicológica a la que se vio sometido ese hombre, inocente como él solo, que tuvo que aguantar detenido varios días hasta quedar en libertad sin cargos. ¿Sin cargos? Lo que lleva encima, para él se quedará. Eso sí que es una carga moral impresionante. Porque ahora no hay indemnización que pague semejante calvario. En la guerra esto serían daños colaterales. En tiempos de paz, no tiene nombre.
Moda 'turquesa' Una mujer desfila con una creación de la diseñadora Gamze Saracoglu durante la Semana de la Moda de Estambul, Turquía. EFE/Tolga Bozoglu