
Como el que quiere ponerse a dieta y sabe de sus sufrimientos venideros, Zapatero no encontraba el momento para recortar un menú al que había puesto su sello de autor. Las políticas sociales puestas en marcha durante su mandato eran una bandera electoral que llevó a la práctica tal y como había comprometido. Algunas perdurarán más allá de este gobierno y otras como el “cheque bebé” indiscriminado, al margen de cuál fuera la renta familiar, sólo se explican en un frenesí de gasto público difícil de mantener hoy y mañana.
El doloroso recorte en estas partidas estrella y el resto de medidas son un punto de inflexión en el mandato y una asunción tardía de tareas pendientes. Sólo cuando todos los foros internacionales nos han señalado, en algunos casos injustamente, y previa caricaturesca llamada de Obama, se toman decisiones duras, pero, en teoría, necesarias e insuficientes. No obstante, el aquelarre bursátil lo celebra. Mientras tanto,
Pedro Solbes, otrora ministro de Economía y caído en el olvido por disentir de la línea económica del jefe, aseguraba ayer que los países que han actuado antes, han avanzado en la resolución de la crisis. Diplomático dardo. Es decir, sin sacar pecho, alega, paternalmente, aquello de “ya te lo decía yo”.
Entre las nueve medidas para aligerar peso presupuestario, está la histórica reducción salarial de los funcionarios en la que mucho tendrán que decir las comunidades autónomas para que tenga sentido. Pero falta la décima medida para sorpresa del resto de sufrientes. La previsible subida de impuestos a las rentas más altas sólo quedó en anuncio. No era día de aplausos en la bancada y sí para recordar, como Alfonso Guerra, genio y figura, que, al final, se jode siempre a los mismos. Tal cual.
Colaboración para radio Multimedia Jiennense